El edificio del Congreso de EU está diseñado para poder verse casi desde cualquier parte de la ciudad de Washington. La bóveda del Capitolio se puede ver en incontables películas, series de televisión y libros. En ese lugar, que concentra la Cámara de Representantes y el Senado, se toman decisiones con repercusiones mundiales.

Allí, en estos momentos se está analizando un tema de trascendental importancia para México: el T-MEC, que sustituirá el TLCAN, en vigor desde 1994. Se ha discutido tanto sobre la importancia del T-MEC que quizá no hay alguien en México que no haya escuchado, en los últimos tres años, sobre ese tema. Lo que tal vez es menos claro es el balance de fuerzas tan delicado que se está dando en el Capitolio y cómo afectaría el futuro del país.

El Congreso es el mejor ejemplo del ambiente polarizado que hay en EU. La Cámara de Representantes está bajo el control del Partido Demócrata, mientras el Senado tiene mayoría republicana. Este Congreso dividido, aunado a los constantes ataques de Trump hacia los demócratas, ha significado que las posibilidades de avanzar en la agenda legislativa sean casi nulas. El urgente diálogo sobre temas como frontera, salud, presupuesto, migración y un largo etcétera está detenido. Como si eso no fuera suficiente, el eventual juicio político contra Trump, promovido por el Partido Demócrata, podría consumir el ánimo de diálogo que aún pudiera existir.

A México debe preocuparle profundamente esta situación, por el impacto que pueda tener en la aprobación del T-MEC. En este escenario, no es ingenuo pensar que el T-MEC tiene mínimas posibilidades de ser aprobado. 

Conseguir un compromiso político que garantice la aprobación del T-MEC antes de que concluya el 2019 es el escenario ideal. Demócratas y republicanos acuerdan blindar el proceso de aprobación del T-MEC de cualquier eventualidad política, aunque por razones diferentes: los republicanos, para garantizar que la economía llegue en buen momento hacia la elección del 2020; los demócratas, para demostrar que todo el proceso de juicio político no les impide trabajar para el pueblo estadounidense.

Esto se facilitaría por todo el trabajo técnico que ya se ha realizado entre la Representación Comercial de EU (USTR) y el grupo de trabajo de los demócratas, además de las reuniones recientes en México entre algunos legisladores demócratas con secretarios y con el propio presidente López Obrador, en donde se ha reiterado el compromiso de nuestro país con el T-MEC y sus disciplinas.

Si esto sucede, y sin menoscabo del proceso en Canadá (donde Justin Trudeau está enfrentando una elección que se complicó de más), podríamos pensar que el T-MEC entraría en vigor hacia el verano del 2020.

En otro escenario, los tiempos y el capital político impiden una aprobación en el 2019. Se asume que las condiciones políticas en Washington se deterioran rápidamente (a veces observar los acontecimientos en tiempo real da vértigo), ya sea por el juicio político, por algún nuevo escándalo que surja o por decisiones como retirar las tropas estadounidenses de Siria. También es posible que algunos grupos opositores al T-MEC, como los sindicatos estadounidenses, exijan mayores concesiones antes de apoyar el acuerdo, lo cual haría dudar al Partido Demócrata. Naturalmente, la apuesta no está exenta de riesgos, puesto que los republicanos (y Trump) utilizarían esto para atacar a los demócratas y evidenciarlos por poner en riesgo el bienestar económico del votante estadounidense.

Si este escenario se cristaliza, las posibilidades de aprobación durante el 2020 son bastante bajas, no solamente porque será un año electoral, sino porque difícilmente cambiarían la relación entre ambos partidos.

En cualquier caso, México debe mantener su esfuerzo por lograr la aprobación este año. Navegar el 2020 sin T-MEC no es imposible, sobre todo si mantenemos el TLCAN, pero la incertidumbre de los últimos dos años continuará y posiblemente frenará inversiones productivas, necesarias para el crecimiento económico del país.