Reconforta saber que los lectores se preocupan por el que escribe. Lo digo en relación con la columna del martes en la que expliqué el motivo de mi ausencia en las páginas de El Economista la semana pasada: una inoportuna gripe. Recibí deseos de restablecimiento y expresiones de congratulación por reintegrarme a mis labores. Hubo quienes -dos- manifestaron haberme extrañado. Otro al notar mi ausencia en el periódico supuso que emulando al capitán del crucero Costa Concordia, Francesco Schettino, había yo abandonado el barco. De ninguna manera. Aquí estoy de nuevo, agradecido con los lectores -seis en total- que manifestaron su interés por mi persona.

El lector Ramiro Frausto me hizo ver algo que el bien recordado periodista Miguel Ángel Granados Chapa tenía como norma de su trabajo: Jamás escribir de una persona algo que él, cara a cara, no fuera capaz de decirle al aludido. La llamada de atención del señor Frausto la hizo en referencia con mi texto del pasado martes, donde hice mofa de las insensatas declaraciones proferidas por César Duarte, gobernador de Chihuahua, acerca de los rarámuris. Tras reconocer que en la región tarahumara hay hambre (lo notó cuando visitó las cuevas donde viven estos indígenas y observó cómo algunos de los más espabilados al ver el rollizo cuerpo del gobernante denotaron síntomas de antojo: se les hizo agua la boca), Duarte Jáquez expresó que, a pesar de la hambruna, ellos son felices. Como lo expresado me pareció -y me sigue pareciendo- un despropósito, me permití, con todo respeto, pedirle al Gobernador un favor: No mame -le dije-.

De la precitada petición se valió mi lector don Ramiro para cuestionar si este textoservidor pondría en práctica la regla del maestro Granados Chapa. Concretamente el señor Frausto me preguntó: ¿Se atrevería usted a decirle al Gobernador de Chihuahua en su cara: no mame? A continuación le contesto.

Lo real con lo absurdo

En mis colaboraciones bisemanales he pretendido comentar, desde el punto de vista de un simple ciudadano, los aconteceres nacionales con el lente del humor.

El humor es la expresión de las contradicciones humanas con el afán de no sucumbir ante ellas. El humor es subversivo y escéptico, es la inteligencia en libertad que con lucidez denuncia lo inadmisible, la crueldad, la estupidez, la hipocresía, las aberraciones y el mundo asfixiante de los convencionalismos. El humor es paradójico, trastoca y degrada los valores -aun los más venerables- para cuestionarlos. El humor es la confrontación de lo real con lo absurdo.

El sentido del humor es la capacidad que tiene el ser humano de burlarse de todo y por todo; es la aptitud de percibir el aspecto contradictorio de las cosas, el lado ridículo de las circunstancias.

El sentido del humor comienza con uno mismo y es algo que tenemos, unos más, otros menos. Es algo susceptible de desarrollarse y de hacer de él un oficio. Sólo los poseedores de la verdad absoluta no tienen sentido del humor. El espectador -o lector- que percibe un acto humorístico mediante su sentido del humor participa en él de la misma manera de quien lo ejecutó. Como el amor, el humor es de dos.

A estas alturas de mi perorata, el paciente lector que ya se la chutó debe estar preguntando: ¿Qué tienen que ver estas cosas con decirle a un Gobernador que no mame? A eso voy.

La larga introducción tuvo como finalidad situar el campo en el que se desarrolla y los insumos que utiliza el humorismo. También el establecer la necesidad de un código común -sentido del humor- entre el emisor y receptor del acto humorístico para que éste cumpla su cometido.

Así pues, supongamos que el gobernador César Duarte y este textoservidor conviniéramos, de manera telefónica, en desayunar juntos para intercambiar opiniones. Habría que acordar el sitio de la reunión. Yo elegiría un lugar de comida típica de la región tarahumara. También habría que pactar quién cargaría con la cuenta: Si yo por ser el de la idea o el erario de Chihuahua por tratarse de un acto de representación del gobernante. Asimismo, cabe la remota posibilidad de que por tratarse sólo de un intercambio de ideas con un simple ciudadano del cual no va a salir nada de provecho para la entidad gobernada por don César, éste dijera que la cuenta del restaurante sería pagada de su peculio. Por supuesto que esto yo no lo permitiría, luego de una negociación convendríamos pagar mitad y mitad. Por último, ¿cómo nos reconoceríamos? Yo he visto fotografías del señor Duarte, por lo cual no sería dificultoso identificarlo en el punto de encuentro. Además, si mi memoria fotográfica fallase diferenciarlo sería fácil porque, seguramente, se encontraría rodeado de guaruras -palabra de origen tarahumara que significa los más grandes , la traducción no especifica si los más grandes defensores o los más grandes ojetes-. Pero él, ¿cómo se percataría de que soy yo y no otro el que asiste a la entrevista gastronómica? Fácil. Yo llevaría un clavel en el ojal del saco a la manera clásica de las citas a ciegas.

Convenidos los términos del supuesto desayuno, llegaríamos ambos puntualmente. Después de los saludos y presentaciones de rigor, me propondría investigar si mi interlocutor fuera poseedor de sentido del humor, ya que sin esta condición practicar la regla marcada por don Miguel Ángel sería riesgoso para mi integridad física. Imagínense, si el funcionario carece de dicho sentido y le digo: No mame, bastaría una señal para que se me dejaran venir los más grandes ojetes, convertidos en los más grandes defensores del góber. Figurémonos que dije una ironía y se río, así me quedaría tranquilo y confiado para cumplir con la normatividad ética pregonada por el precitado y respetado periodista.

Para proseguir le espetaría: Señor Gobernador, en la revista Contralínea leí un reportaje sobre los rarámuris que me impactó: Leí que viven en cuevas en precarias condiciones de salud, visten harapos y padecen hambre, son ignorados por la sociedad y los gobernantes, y explotados por los mismos encargados de llevarles ayuda. Si don César me dijera: Efectivamente es un problema muy grave, mi gobierno está luchando para mitigarlo , la conversación derivaría a otros temas. Si a mi comentario contestara lo que expresó y que reproduje en mi anterior columna: En la Sierra Tarahumara hay hambre (...), pero los habitantes de la sierra quieren vivir en su entorno de felicidad que se envidia al conocer su ambiente... . No lo dejaría continuar y cumpliría con el canon de Granados Chapa: Señor Gobernador, con todo respeto le voy a pedir un favor:

No mame.

Es posible que, como todos los políticos -excepto Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger- son buenos actores, sintiera yo sinceras las palabras de Duarte. De ser así le pediría que me jurara por lo más sagrado que el sistema de vida de los rarámuris es envidiable. Admitamos que lo jurara.

Entonces, llamaría yo al mesero: Sírvale al señor un vaso de tesgüino. Le daría un billete. Cóbrese y quédese con el cambio. Y usted, señalaría al Gobernador, prométame que en todo el día no va a llevarse nada a la panza más que la bebida que le pedí.

Sin título (fábula)

Para despedir esta colaboración se me ocurre transcribir otra de mis letras vencidas que encontré en el legajo perdido en el desorden de mi escritorio. Ésta la escribí en 1992, no tiene título y se la dediqué a mi querido hermano Carlos, hoy ausente. Y dice:

El caballo que sale al paso de esta fábula no sabe de ancas y es reacio a bridas, sillas, albardones y riendas. Entiende que si Dios hubiera creado a los caballos para ser montados nacerían con el caballero a cuestas y entonces serían centauros.

El caballo que trota por este escrito aborrece las guerras y los desfiles; detesta el polo y el rejoneo; abomina los jaripeos; no se anda con rodeos.

Le encabronan los circos, los hipódromos y el Gran Premio de las Naciones. Sin embargo, para cubrir el expediente y evitar las habladurías de los demás caballos acepta jinetes bajo las siguientes condiciones: Indispensable que cabalguen solitarios. Locos, de preferencia. Bandoleros, de perdida. No es necesario buena presentación. El caballo que galopa rumbo al punto final siente lástima y un íntimo desprecio por su especie: briosa raza de purasangre domada.