Si alguno de sus mejores amigos se acerca a usted y le dice que no sería mala idea que se pusiera a dieta, tómelo en cuenta. Si esa persona realmente lo quiere podría ver algo que usted estaría negando ante el espejo.

Claro, no falta quien de mala leche le dé un consejo que no tenga sustento, ahí podría sospechar de envidia o algún mal sentimiento por el estilo.

Con la economía de un país puede suceder lo mismo, hay críticas desde posiciones políticas opositoras que tienen un trasfondo diferente al buen consejo. Pero si un organismo como el Fondo Monetario Internacional (FMI) le dice a México que una dieta fiscal no le vendría mal, no se trata de un mal consejo, tampoco de uno desinteresado, es el diagnóstico de una parte interesada en que se mantenga uno de sus principales socios financieros en forma.

Ya sabemos en este país cuáles son las consecuencias de no mantener la disciplina fiscal. Fue el origen de las crisis de los 60, 80 y 90. De una o de otra pata financiera se ha derrumbado la economía mexicana por la irresponsabilidad de los años previos a las crisis.

Durante muchos años, este país optó por la exageración de las precauciones financieras. Lo que las abuelas llamarían soplarle al jocoque después de quemarse con la leche. Algo recompensado con bajas inflaciones y mejores calificaciones crediticias, entre otros beneficios.

México elevó a rango de ley la responsabilidad fiscal y la siguió al pie de la letra durante muchos años, hasta que la gran recesión hizo atractivo el endeudamiento para levantar la economía.

Tasas de interés bajas y una economía deprimida fueron los pretextos para meterle mano al ortodoxo plan de mantener las finanzas públicas sanas a nivel de cero déficit como mantra.

Pero si ahora regresa como antaño el FMI a recomendar a México que tenga prudencia fiscal es porque evidentemente ya se pasaron de la raya. Sobre todo ante lo que viene con el futuro aumento de las tasas de interés, en un ambiente de un crecimiento no tan dinámico.

Específicamente desde el FMI le dicen a uno de los pocos países que cuentan con una línea contingente para las turbulencias que se genere alguna alternativa a la manoseada Ley de Responsabilidad Hacendaria que hoy da manga ancha, después de que era un texto casi sagrado de respeto a los mandamientos de la disciplina fiscal.

La sugerencia, petición, advertencia es fijar el techo máximo del déficit público en 2.5%, no en 4% esperado para este año; no en 3.5% pronosticado para el 2016. Y grabar en letras de oro que la deuda pública de este país no debe exceder 50% del Producto Interno Bruto.

Esto que parecía una letanía de consejos inútiles hasta hace pocos años, hoy toma el tono de un foco amarillo para la economía mexicana.

Sobre todo porque la disciplina o la indisciplina es transexenal y nadie sabe qué tan responsables o displicentes pueden ser los gobernantes que vengan.

No es poco lo que se podría perder ante los ojos del FMI por insistir en la indisciplina en la que hoy vivimos. De entrada, la renovación de la línea contingente y de paso llamar la atención de las firmas calificadoras, que tan quisquillosas son con aquellos que suben de peso en sus finanzas.