El experimento del caramelo realizado en Estados Unidos en los años 60 y 70 consistía en ofrecerles a varios niños dos opciones tras darles un caramelo. Por un lado, los chavales eran libres de comerse el premio inmediatamente. Por otro, si eran capaces de contenerse y esperar un tiempo no muy extenso (tampoco era cosa de torturarlos), recibían dos caramelos.

El experimento ha sido utilizado para explicar muchas cosas, no sin controversia, pero sirve para ejemplificar el tipo de decisiones a las que se enfrentan los individuos y los gobiernos. La reforma del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) que entrará en vigor en enero es parte de un caramelo que hemos decidido disfrutar anticipadamente y que, por lo tanto, tendrá consecuencias más allá del 2015.

Vayamos por partes. En primer lugar, aunque existe amplio margen para su futura mejora, la reforma logra avances en materia de una mayor transparencia y eficiencia en el diseño del impuesto.

En todo caso, la novedad más importante es que la reforma reducirá la carga impositiva sobre la renta. Específicamente, se estima que la tasa media efectiva del IRPF podría caer alrededor de 1.3 puntos porcentuales -desde 18.7% en el 2014 hasta 17.4% en el 2015-, y bajaría otros 0.8 puntos en el 2016.

En segundo lugar, como consecuencia de las medidas establecidas, el impuesto se volvería más progresivo respecto de lo que se observaba en el 2011, aunque será más regresivo respecto del 2014. Mientras que en el 2011, 64.2% de los declarantes tenía una base por debajo de 21,000 euros y soportaba 14.4% de la recaudación del impuesto, en el 2015 y 2016 aportarían en torno a 10 por ciento. Esto se vería parcialmente compensado por el incremento en la participación de los declarantes con ingresos por encima de 60,000 euros (3.7% del total) que pasarían de soportar 33.4% de la recaudación del 2011 a aportar cerca de 35% en ambos ejercicios.

El aumento de la renta disponible como consecuencia de la reducción impositiva supondrá un impulso importante para la demanda interna durante el primer trimestre del año que viene, por lo que el PIB podría crecer 0.3% más en el 2015 de lo que lo habría hecho sin la reforma.

Lo anterior se añadirá a otros impulsos fiscales, como la devolución de una parte de la paga extra que se quitó a los funcionarios en el 2012, o el posible adelanto de la ejecución de los presupuestos autonómicos ante la culminación del ciclo electoral. Esto, junto con el impulso diferencial que dará a España la política monetaria, ayudará a que el país continúe presentando un diferencial positivo en crecimiento respecto del resto de la UEM.

Volviendo al experimento del caramelo, la rebaja representará una caída media de la factura impositiva de los contribuyentes en torno a 550 euros, lo que supone un ahorro de 13% con respecto a la carga soportada en el 2014.

Es posible pensar que la recuperación económica que se está observando compense la disminución de la recaudación, por lo que de cumplirse las previsiones del gobierno sobre actividad económica y de no haber desviaciones significativas en el presupuesto de las administraciones públicas, el objetivo de déficit para el próximo año sería viable.

Dicho de otro modo, es posible que por el momento podamos permitirnos el comer el caramelo; sin embargo, también hay que ver qué nos estamos perdiendo por esa gratificación instantánea que vamos a obtener. Específicamente, hay que tomar en cuenta que el endeudamiento público es próximo a 100% del PIB. Asimismo, las tasas de interés actuales son excesivamente bajas, dados los fundamentales de la economía española, e irremediablemente aumentarán.

Finalmente, la necesidad de continuar ganando competitividad hará que la inflación (una de las maneras en las que se logró reducir el endeudamiento en el pasado) no vaya a contribuir significativamente al proceso de desaceleración. Todo lo anterior apunta a que el proceso de reducción del déficit no ha terminado y que todavía quedan medidas por implementar.

La reforma impositiva impulsará el crecimiento a corto plazo, pero introduce incertidumbre sobre la forma en la que eventualmente se logrará reducir el endeudamiento público.

*Economista jefe para España de BBVA Research.