¡Cómo no venerar un hecho histórico que permitió que mujeres de todas las clases sociales se manifestaran el 12 de abril de 1938 frente al Palacio de Bellas Artes para donar lo mismo gallinas que las joyas más valiosas!

Es parte de la educación nacional el mostrar esas imágenes y relatar ese capítulo de la solidaridad popular con el Presidente Lázaro Cárdenas, quien había expropiado la industria petrolera.

Nadie nos ha dicho quién llevó al mismo tiempo, al mismo lugar, a la misma hora, a las elegantes señoras de la colonia Roma y a las pobres mujeres campesinas, unas con sus aretes de oro, otras con sus pollos y puerquitos.

Porque ese acto espontáneo de solidaridad se ha convertido en uno de los milagros que cualquier acto de fe necesita para afianzarse. Y en México, la expropiación petrolera y la industria petrolera nacional son instituciones de la fe, no de utilidad nacional.

Y como en muchas religiones, los directamente beneficiados son los más férreos conservadores de los dogmas. La clase política nacional que tan bien ha vivido de ese recurso natural no permite que se cuestione el fundamento casi religioso de la expropiación.

Un Presidente bueno, defendiendo al país de los extranjeros malos, y un pueblo agradecido que se quita la camisa para apoyar a su patria. Patrañas propias de un sistema totalitario como el que padeció México durante muchas décadas.

Hoy padecemos una empresa anquilosada, sometida por sus verdaderos dueños que la pisan con dos botas: la del fisco y la del sindicato.

Y como defensores gratuitos de la fe petrolera, los partidos políticos y sus tribus de legisladores que repiten como credo que el petróleo es de los mexicanos y que no dejarán que las sucias manos privadas lo toquen con el virus de sus intereses malnacidos.

Es ahí donde encontramos, como caricaturas, a muchos llamados progresistas, llamados izquierdistas, que están atrapados en el discurso del socialismo de mediados del siglo pasado.

Cuando se habla de temas tan dogmáticos como el petróleo mexicano, es muy difícil encontrar caminos de razonamiento para hacer lo correcto.

Los derechos de vía o el uso del espacio aéreo son dos ejemplos de cómo algo tan sagrado como el suelo nacional o el cielo azul de nuestra patria pueden ser utilizados por particulares para brindar un servicio, como construir una carretera, volar un avión o transmitir una llamada celular sin que seamos menos mexicanos.

La industria minera extrae del subsuelo la más diversa cantidad de materiales, paga sus derechos, paga sus impuestos y hacen un gran negocio que ha hecho hombres muy ricos, sin duda, pero también ha dado fortaleza a muchas regiones del país.

El petróleo no es diferente. Ni los más neoliberales han puesto en tela de juicio quién es el dueño de los bienes en el subsuelo; simplemente que localizar, extraer y procesar el petróleo requiere dinero y conocimientos.

Pemex es una empresa manejada por buenos petroleros, pero tampoco son magos. Sin dinero, sin la experiencia de otros petroleros del mundo y sin una conducción financieramente sana y honesta en todos sus niveles no pueden aspirar a más de lo que son.

Se cumplen 74 años de la creación de ese tótem que tanto daño nos ha hecho al país.

Conmemoramos la creación de una empresa del México comunista de los 30 que por la naturaleza del producto que maneja ha servido a los intereses del poder.

Y no sólo del poder priísta, porque durante los últimos 12 años no se ha visto realmente ninguna intención panista de componer las cosas en Pemex, más bien hay comodidad con la fuente del recurso fácil que ahorra hacer reformas fiscales y moderaciones del gasto público.

Lo primero que hace falta es un liderazgo que termine con el mito del milagroso ayate petrolero. Alguien que demuestre que el tata Lázaro le hizo muy bien al país, pero hace casi 80 años y que hoy el mundo es otro.

Para eso hay que acabar con los cancerberos de la fe petrolera que han vivido tan bien a costa de la riqueza petrolera nacional y a costa del bienestar de todos los demás.

Porque es una pena ver que lo que hoy festejamos es que una empresa cuyo producto lleva una década en niveles históricamente altos en sus precios volverá a crecer después de ocho años de pésimos resultados.

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