Las 7 millones de rosas que circularon de mano en mano en Cataluña el año pasado regresaron a la memoria el día de ayer en un claro intento de llenar el vacío de la realidad dominada por el confinamiento, la única medicina que combate el nuevo coronavirus por el momento.

23 de abril, un San Jordi sin la fiesta de la rosa y el libro en Barcelona no es San Jordi, y a los números me remito: siete de cada 10 catalanes no pensaban (el miércoles) comprar un libro ni la tradicional rosa el día de ayer (encuesta de la televisión autonómica catalana). Entre los tres que sí estaban dispuestos a comprarlos, dos lo harían a través de Amazon, y uno lo pediría a su librería favorita  para recibirlo en casa.

Barcelona tiene en el 23 de abril uno de sus tentáculos más potentes del soft power. El Barcelona de Messi es el ejército sin armas; lo decía Manuel Vázquez Montalbán.

El Mobile World Congress es el Disney de la telefonía, pero el San Jordi es el día del amor tangibilizado en la rosa y el libro.

El 23 de abril se vende uno de cada cinco libros que se venden en todo el año. Las librerías se visten de etiqueta y Las Ramblas son el salón de fiesta.

También es un negocio; en 14 horas se facturan unos 22 millones de euros.

El libro no fue considerado por parte del gobierno español como un producto esencial, y como tal las librerías se encuentran cerradas durante la etapa de confinamiento. Redefiniendo lo esencial, es el malestar que produce el no consumo de un bien vital. Para más de un lector, Madame Bovary proporciona más nutrientes que un café. La vitalidad no sólo es fisiológica.

El de ayer fue un atípico San Jordi. Unas 200 librerías en toda España comenzaron a vender ejemplares a través de Internet desde el 15 de marzo. Entre ellas, Casa del Libro, FNAC, Amazon y El Corte Inglés. Sin embargo, la escenografía estética es un  ingrediente imprescindible.

El recorrido entre las librerías Laie de la calle Pau Claris a La Central de la calle Elisabets puede durar varias horas si uno zigzaguea sobre el Paseo de Gracia, Plaza Cataluña y las Ramblas. La distancia no supera el kilómetro.

Enviar rosas a través de WhatsApp o descargar libros en el Kindle, un 23 de abril, representa un acto distópico, teniendo como entorno al distractor peligroso del momento, el nuevo coronavirus.

La realidad ordena, y ayer, en varios hospitales improvisados llegaron paquetes con 1,700 libros dedicados. La librería Catalonia, apoyada por voluntarios y con la colaboración de Penguin Random House, Glovo y Vanng, trataron de recrear el San Jordi en lugares donde la crisis del nuevo coronavirus de ve y se siente con mayor intensidad, los hospitales.

“En varios de sus establecimientos, hubo explosiones de júbilo y hasta algunas lágrimas”, publica La Vanguardia del día de hoy. “A la espera de esa vacuna que un día llegará, la medicina de ayer fue lectura y mucho cariño”.

Los reporteros Xavi Ayén y Magí Camps de La Vanguardia escriben al respecto: “La enfermera Gemma Luna, en el hotel Fira Renaissance de l’Hospitalet de Llobregat, cuenta: ‘Aquí tenemos unos 200 pacientes y somos cinco enfermeras. Han venido cajas enteras de libros y rosas, todos los libros tenían dedicatorias, algunas de los escritores, otras de los editores o incluso de gente anónima (...) Me ha tocado hondo el corazón, los sanitarios estamos muy sensibles. Aquí hay gente con auténticos dramas familiares, aislados en su confinamiento y que sólo tienen contacto con nosotras. Escogí un libro al azar, Mars del Carib, de Sergi Pons Codina, y el autor había escrito: ‘La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. Mucho ánimo y mucha fuerza’”.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.