Emmanuel Macron no es un candidato, es un fenómeno que está revolucionando las campañas.

En Francia algunos le llaman el OVNI de la política. Emmanuel Macron es un político no identificado ni con la izquierda ni con la derecha; su programa ideológico es un galimatías si se lee desde la ortodoxia a la francesa; y su perfil de outsider irrumpe con la tradición de la V República. En efecto, es un OVNI de la política.

Una mañana, Macron recibió una llamada telefónica del presidente Hollande. Andaba, como su costumbre se lo impone, en bici recorriendo el pintoresco barrio parisino Le Touquet. La sorpresa y la velocidad se conjuraron para que Macron interrumpiera su recorrido. Valía la pena tomarle la llamada al presidente. Algo bueno tendría que comunicarle.

Hollande le colocó al frente del ministerio de Economía con tan sólo 36 años y únicamente dos años de experiencia en política: entre el 2012 y 2014 fue su consejero económico.

Anteriormente, había trabajado en el Banco Rothschild, donde uno de sus mayores logros fue dirigir la compra de una filial de Pfizer por parte de Nestlé. Esta operación le hizo ganar una fortuna. Tenía 34 años y la vida económica resuelta.

Macron obtuvo el título de Filosofía en la Universidad de París-Nanterre. Posteriormente estudió Ciencias Políticas y entró en la escuela de la élite, la École Nationale d’Administration, donde se graduó entre los cinco primeros en el 2004. Macron era un buen estudiante y además tenía el suficiente tiempo para otras aficiones, como el piano: estudió seis años esta disciplina y se enamoró de su maestra, Brigitte Trogneux, 21 años mayor que él.

Sus enemigos (políticos) sospechan que es gay. Para ingresar a la carrera presidencial, Macron tuvo que salir ante la opinión pública para aclarar que está felizmente casado con Brigitte.

El líder del movimiento En Marche! ha seducido a la demografía francesa: desolada frente a Marie Le Pen; harta de la corrupción de Francois Fillon; desilusionada del manto ideológico del Partido Socialista, y aterrorizada por ver reír a Trump, se ha lanzado a sus brazos.

Parecen demasiadas condicionantes para que Macron logre correr a 1,000 km por hora la carrera presidencial. Y sí, son demasiadas pero todas han jugado en favor de su candidatura. Vamos, hasta Donald Trump le está ayudando a subir como espuma en las encuestas. ¿Lejos, muy lejos, la portada del semanario Le Nouvel Obstervateur en la que aparece Mickey Mouse escalando la Torre Eiffel, y cuyo director bautizó como El Chernóbil cultural , en referencia a la apertura del EuroDisney parisino al inicio de los 90? No parece.

Macron se considera un antisistema, es decir, su postura ideológica puede ser traducida en un hashtag; está en favor de un Islam secular; sin temor ha dicho que en Francia estigmatizamos el fracaso y no nos gusta el éxito ; viaja a Londres para invitar a los franceses a que regresen a su país a trabajar; promete que las bibliotecas permanecerán abiertas por la noche, incluyendo los fines de semana; pide autonomía universitaria y clases bilingües; está en favor de que los salones de clases universitarias no rebasen a los 10 alumnos; subsidiará con 1,000 euros a aquellos que compren autos eléctricos. Es Macron. La esperanza de Francia y de la Unión Europea.