Son obvias y muy bien documentadas las ventajas comparativas de México como destino turístico y su relevancia extraordinaria para la economía nacional. También lo es la demanda creciente en el mundo por viajar, disfrutar y conocer nuevos lugares, culturas, y ambientes, algo inherente al aumento en los ingresos y a las preferencias modernas de gasto de personas y familias. Pero lo que importa ahora en México es hacer del turismo un sector cada vez más competitivo y sostenible a largo plazo, cosa que no está ocurriendo.

La competitividad y sustentabilidad del turismo dependen por un lado de la calidad de los servicios turísticos, de su especificidad en el mercado global, y de sus costos relativos. Por el otro lado, de una alta calidad permanente en el entorno natural y urbano, en valores escénicos y paisajísticos generalizados, y en el desarrollo de componentes de nicho con atractivos contenidos ecológicos.

El turismo debe crear efectos multiplicadores en las economías locales y regionales en términos de nuevas empresas, productos y empleos, y generar cadenas de valor cada vez más integradas y complejas. Por ello, es muy importante eludir hasta donde sea posible y eficiente al turismo de reclusión y de enclave (all inclusive), que inhibe o anula tales efectos multiplicadores.

Particularmente, cuando se trata de un producto genérico no distinguible en la oferta global de destinos de sol y playa (commodity) y de bajo valor agregado, en donde se compite por volumen con precios cada vez menores y márgenes que se erosionan rápidamente.

Peor cuando en el vecindario pronto se abrirá un equivalente a gran escala, en Cuba, al finiquitarse la dictadura por sencillas razones biológicas. Lógicamente, la viabilidad de este modelo queda en entredicho, más aún cuando presupone el abaratamiento progresivo del producto turístico nacional, al igual que de la propia marca México, junto a la destrucción de negocios y empleos locales, y el abandono y decadencia de ciudades y pueblos.

En el aspecto ambiental hay igualmente riesgos muy significativos si las empresas desarrolladoras actúan (como ocurre con alguna frecuencia) de manera contraria a las regulaciones existentes, tanto en la construcción como en la operación de hoteles y otras infraestructuras. Normas más estrictas, una opinión pública inquieta e informada y el éxito litigioso de numerosas organizaciones ambientalistas son capaces de hacer abortar inversiones muy cuantiosas. Por ello, es fundamental la observancia rigurosa de los procedimientos de Evaluación de Impacto Ambiental y de los ordenamientos ecológicos del territorio; así mismo, de políticas de sustentabilidad en el uso de materiales y energía renovable, diseño arquitectónico, manejo de agua y residuos, e interacción con ecosistemas y especies, y en su caso, con áreas naturales protegidas, terrestres y marinas.

La política turística en México no puede reducirse, como hasta ahora, sólo a promoción mediática y de inversiones y a la construcción de más polos de desarrollo inmobiliario planeados desde el poder público. Hay suficientes, varios de ellos, inoperantes y fracasados. De seguir por esta vía, México perderá las oportunidades formidables de formación de nuevas empresas y creación de empleos que representa el enorme y creciente flujo de viajeros nacionales e internacionales; se depreciará como marca y destino, y se evaporarán los márgenes de rentabilidad al competir por precio y volumen en un mercado genérico. Desde luego, tal vía no es sostenible. Es preciso cambiar y dar un nuevo rumbo al sector turismo en México.

Un modelo integrado de desarrollo turístico con plena articulación económica local implica accesibilidad y conectividad internacional, nacional y regional; condiciones idóneas de seguridad pública; infraestructuras locales de servicios públicos eficientes en materia de manejo de residuos urbanos y tratamiento de aguas residuales para impedir la degradación ambiental de los destinos turísticos. Son cruciales en este modelo espacios públicos de calidad en pueblos y ciudades estratégicos, al igual que una imagen urbana y arquitectónica coherente, de buen gusto y acorde a historia y la cultura locales, y con las características del medio físico.

En fin, un nuevo modelo competitivo y viable requiere al menos tres cosas. Primera, una estrategia de sustentabilidad ambiental y urbana a largo plazo para el sector. Segunda, revertir, hasta donde sea eficiente, el esquema al mayoreo de reclusión y de enclave conocido como all inclusive, reintegrando y articulando el hospedaje en hoteles con las economías locales en materia de servicios y nuevos productos. Tercera, transformar al Fonatur para que tenga el mandato y la capacidad de invertir en pueblos y ciudades en infraestructuras, espacios públicos e imagen y equipamiento urbano con un enfoque regional.

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