En noviembre, las empresas farmacéuticas americanas celebraban el triunfo del Partido Republicano y sus cotizaciones en las bolsas recuperaban rápidamente el terreno perdido a lo largo del año en festejo de que no había ganado la opción de recorte de precios enarbolado por la demócrata Hillary Clinton.

Pero de un momento a otro el escenario les cambió radicalmente. La semana pasada Donald Trump les dio una dura e inesperada trompada antes incluso de tomar posesión. En su primera conferencia de prensa como presidente electo, puso en el banquillo de los acusados a las empresas farmacéuticas amenazándolas con que no se saldrán con la suya. ¿A qué se refirió el próximo mandatario estadounidense? Como siempre, no fue exactamente claro. Pero sí hizo ver no sólo que va a derogar y sustituir el programa de seguridad médica y social Obamacare, estandarte de la administración saliente que logró extender la cobertura médica a 20 millones de estadounidenses. Además, buscará mayor control en las compras de medicamentos para bajar precios.

La reacción negativa en las cotizaciones de las principales biotecnológicas y farmacéuticas en Bolsa fue inmediata. Los precios se fueron al piso y no sólo de las farmacéuticas estadounidenses sino también de las principales europeas que cotizan en la Bolsa de Nueva York y que tienen en Estados Unidos a su principal mercado.

Lo paradójico es que Trump terminó haciendo suya una de las consignas de su contrincante Hillary, quien hablaba de poner orden en licitaciones para reducir los precios de medicamentos innovadores, sobre todo biotecnológicos de última generación. Entre las más golpeadas en su cotización accionaria estuvieron las biotecnológicas Amgen, AbbVie, Gilead, Celgene, Shire, que hoy lideran la innovación en terapias médicas.

La mala noticia para México es que entre sus amenazas el presidente electo norteamericano, que sigue hablando y prometiendo como si aún fuera candidato, hizo vislumbrar que buscará regresar plantas farmacéuticas para que fabriquen en territorio estadounidense como lo ha hecho con las automotrices. Dijo que, siendo el principal consumidor de fármacos, los medicamentos que compra no se producen en Estados Unidos.

Es cierto que varias farmacéuticas americanas tienen plantas de producción en México. Esto, con todo y que han ido cerrando desde que el gobierno calderonista decretó en el 2010 la eliminación del requisito de planta, antes necesario si una empresa extranjera quería vender fármacos en México.

Si el próximo mandatario norteamericano extiende sus amagues a las farmacéuticas combinados con su odio a lo mexicano, será asunto serio porque aquí operan plantas de Pfizer, Janssen (J&J), MSD, Abbott, Eli Lilly, BMS, entre las más importantes.

De hecho, varias de las principales farmacéuticas multinacionales que tienen a Estados Unidos como su principal mercado operan plantas en México. Entre éstas, Bayer, Roche, Boehringer Ingelheim, Glaxo y Novartis.

El problema ante las amenazas proteccionistas de Donald Trump sería no tanto que nos faltaran medicamentos porque la industria mexicana productora de fármacos está cada vez más preparada. El impacto de un zarpazo farmacéutico estadounidense sería que un posible cierre de plantas aquí reduciría la demanda de empleos calificados y bien remunerados como los que genera este sector, y su esperado papel creciente en la investigación clínica. Reduciría también el ingreso de terapias innovadoras que hoy llegan rápidamente a México, al menos en el mercado privado.

Luego de lo sucedido con Ford, que echó reversa en inversiones anunciadas en México, y con Fiat Chrysler, que podría seguir sus pasos, y sabiendo que las ocurrencias de Trump se pueden hacer realidad, en el sector farmacéutico seguramente habrá más de una empresa que esperará a ver qué tan reales son esas amenazas para redefinir sus estrategias en la región.