El escándalo da vida a Trump.

Donald Trump es el primer presidente hecho para “ser consumido” en las redes sociales. Estos dos elementos le hicieron ganar en noviembre del 2016.

Miles de personas pensaron que, tras la revelación de un audio publicado por el diario The Washington Post, un mes antes de la elección presidencial, en el que se le escucha tratar a las mujeres de manera soez y machista durante una conversación con un amigo (“Cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerles cualquier cosa, agarrarlas por el coño”), su candidatura sufriría un serio revés. No  fue así.

Trump es el primer presidente de Estados Unidos que dice lo que piensa sobre sus adversarios políticos nacionales e internacionales.

Tal parece que, sin la existencia de escándalos, Trump languidece de manera súbita porque no logra interpretar los códigos políticos de Washington (“fui elegido para drenar el pantano”). Sólo así se entiende el casting que hizo sobre Steve Bannon, Roger Stone y Rudolph Giuliani: personajes que surfean las más altas olas de escándalos.

La decisión esperada de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, sobre someter al presidente Trump al peor de los entornos adversos al que puede encarar un presidente, el juicio político, es de enorme riesgo para las aspiraciones presidenciales del Partido Demócrata.

A Joe Biden le estalló una granada en la mano. Se trata de externalidades del proceso de destitución de Trump. Biden, el favorito para ganar la candidatura presidencial de los demócratas, también será sometido a un juicio mediático sobre el evidente conflicto de interés en el que cayó siendo vicepresidente de Barack Obama.

Y no se trata de un solo juicio. Biden también será llevado al juicio de las redes sociales donde su naturaleza degüella la imagen pública de cualquier persona.

Obama le encargó a Biden dar seguimiento a los programas de anticorrupción en Ucrania. Metido en el laberinto, el vicepresidente no supo distinguir la frontera de los conflictos de interés con las actividades políticas, y permitió que su hijo Hunter recibiera 50,000 dólares mensuales desde su puesto de consejero en la empresa estatal energética Burisma (desde abril del 2014 hasta este año), empresa investigada por el fiscal general.

Kamala Harris se retira de la contienda y Michael Bloomberg se sube. La primera, entiende que la apuesta con su dinero es muy elevada dada su baja probabilidad de victoria. Bloomberg apuesta al deterioro demoscópico de Biden y a la dificultad que tendrá Elizabeth Warren de quedarse con los simpatizantes de Bernie Sanders, afectado del corazón.

Es claro que Trump desea a Joe Biden como rival en las elecciones del próximo noviembre. Trump sabe que no será destituido por el senado de su país, pero sí aprovechará el periodo para llevar a cabo un ensayo de campaña frente al exvicepresidente Biden.

En efecto, el juicio contra Trump será una especie de primera vuelta electoral donde el riesgo para Biden será mayúsculo. En caso de que su imagen se desgaste y la de Trump se fortalezca, prácticamente, quedaría fuera de la contienda lo que obligaría a los demócratas a elegir a su second best, Warren o Bloomberg.

Al parecer, el juicio político no es necesariamente una mala noticia para Trump. Para su fortuna, Joe Biden forma parte de su juicio. Biden no será llevado a juicio del Senado pero sí en las redes sociales.

El juicio será un escándalo para Trump. Es decir, será una fortuna para combatir, cara a cara, contra Joe Biden antes de que inicie el periodo electoral, porque se trata de una final adelantada.

Nadie lo hubiera pensado hace tres años: ¿Es posible que Trump logre la reelección? Sí, muy posible.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.