Es la era del presidente que dispara tuits a ritmo del bump stocks.

Amigo de las armas, Donald Trump viajó al paraíso Mar-a-Lago el viernes 23 de marzo para evitarse la molestia de escuchar a más de 500,000 jóvenes gritar: “No more guns, no more guns”. Alrededor de 5 cuartos de libra de McDonald’s y tres leches malteadas, el presidente de Estados Unidos se estiraba con ánimo cada vez que veía en la pantalla de plasma una imagen vinculada a su persona. ¡Es la hora de Fox&Friends! Así que no observó a los jóvenes marchar sobre las 30 calles de la avenida Pensilvania que separan a la Casa Blanca del Capitolio.

En Nueva York, igual. Miles de personas marcharon sobre Manhattan para pedir al presidente y al Congreso imponer candados en el mercado bélico. Rocío Klotz, de seis años, miraba el rascacielos de Trump y mostraba una cartulina que decía: “Am I next?”.

Al día siguiente, Trump no mencionó nada. A sus espaldas, quedaba un conjunto de las manifestaciones más relevantes en los últimos años, quizá desde el 11-S.

Habría que preguntar a un psicoanalista si Trump esconde, en la fuerza del ejército o en las armas de la CIA, sus dosis inagotables de autoritarismo. El jefe de su gabinete es el general John Kelly y Mike Pompeo, ex número uno de la CIA, será quien maneje su diplomacia a partir del próximo domingo. O qué decir de los 700,000 millones de presupuesto para el Pentágono aprobados por el Congreso en época de paz: acumulados, más de 1 billón de dólares tiene la Tesorería de Defensa.

Trump se atrevió a coquetear con el ridículo al bailar la danza de las espadas en compañía de la familia real saudí el año pasado. Al regresar de Riad, Trump llegó a Washington con contratos con valor de 100,000 millones de dólares por venta de armas.

Con la dialéctica infantil que sostuvo con el norcoreano Kim Jong-un, Trump reveló al mundo que no puede permitir que “otros” tengan un botón nuclear más grande que el de su país. Detrás de la pueril metáfora, organismos multilaterales y de no proliferación de armas nucleares, tendrían que pasar de la preocupación a la acción para negociar con Trump su adhesión al Comprehensive Nuclear Test Ban Treaty (Tratado sobre la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares).

Países como India y Pakistán se han negado a estampar su firma en el tratado. Trump se niega a hacerlo porque utiliza el armamento nuclear como instrumento político para no perder hegemonía en el mundo. A diferencia de Obama, cuyo amplio espectro político le permitía articular, inclusive, estrategias tipo soft power, Trump centra su radio estratégico en la agresión y en el poder militar. Sus planes no los esconde: tiene la intención de modernizar su armamento nuclear. Para hacerlo, Trump se encargará de desmontar algunos acuerdos que limitan su expansión nuclear; el más importante: Intermediate Range Nuclear Forces Treaty (Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, conocido como INF), firmado por Reagan y Gorbachov en 1987.

En efecto, Trump prefirió viajar hacia su parque temático Mar-a-Lago en lugar de recibir a los jóvenes que están hartos de vivir en el siglo XXI bajo una ley del siglo XVIII (en referencia a la Segunda Enmienda).

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.