El mundo tomó clases de geografía de Estados Unidos durante varias horas entre la noche y la madrugada. Los estados, uno a uno, eran observados con detenimiento en pantallas diversas como si acabara de ocurrir un sismo de cifras y algún otro terremoto.

Faltaban 15 minutos para las 23 horas y Trump tenía dos victorias: una racha de triunfos en estados importantes, entre ellos, Florida y Texas. Su segunda victoria era de importancia similar: ganaba tiempo para mantener la incertidumbre durante las próximas horas o días.

El escenario lo planeó desde hace meses y lo ejecutó segundos después de que Joe Biden saliera a dar un mensaje de optimismo empujado por la incertidumbre de los números ajustados en varios estados. “Fraude”. Habrá fraude advirtió Trump en un tuit, mismo que fue censurado por la plataforma por considerar que había engaño.

“Estamos con una ventaja grande, pero están intentando ROBARSE la elección. Nunca dejaremos que lo hagan”, tuiteó Trump, añadiendo: “Una gran victoria” para la reelección.

Twitter reaccionó: “Una parte o la totalidad del contenido compartido en ese tuit es controvertido y podría ser engañoso respecto al modo de participación en unas elecciones o en cualquier otro proceso cívico”.

Desde la mañana, Trump había dicho que los estadounidenses tenían el derecho de conocer los resultados hoy mismo. Plan con maña. Sin resultados la noche de hoy, habría un vulgar fraude de los demócratas a través del voto por correo. Un storytelling que Nicolás Maduro envidiaría.

El pesimismo suele ser indolente frente a las encuestas.

La fotografía del 2016 comenzaba a reproducirse mientras Wisconsin y Michigan le guiñaban el ojo a Donald Trump, pero no le aseguraba la victoria por una sencilla razón: los votos emitidos por correo no habían sido contabilizados.

El mapa del país tomaba un tono de color rojo-odio. El triunfo de Biden en Arizona permitía distraer al pesimismo, porque hace cuatro años se lo había llevado Donald Trump.

Se dirá que no cabe la sorpresa después de lo ocurrido en 2016. Se dirá que las encuestas comienzan a hipnotizar. Se dirá que el odio se ha convertido en el bien más deseado en Estados Unidos y en gran parte del mundo. Todo es posible. Se dirá que la muerte de George Floyd, las jaulas donde fueron encerrados los menores de edad o los vetos migratorios son simples anécdotas que no lograron influir en el voto. Es posible.

Pasadas las 23 horas uno se podía percatar que poco se pensó en el candidato retador durante la campaña. ¿Cómo se llama? ¿Fueron unas elecciones “normales” o un referéndum “anormal”?

Alexandra Ocasio-Cortes lo recordó en su cuenta de Twitter en la media noche: “No comentaré mucho sobre los resultados de esta noche, ya que están en curso, pero diré que hemos estado haciendo sonar la alarma sobre las vulnerabilidades demócratas con los latinos durante mucho, mucho tiempo. Hay una estrategia y un camino, pero el esfuerzo necesario simplemente no se ha puesto en marcha”.

El trompismo se graduó anoche al pasar de ser una anécdota peligrosa de la telerrealidad a un siniestro agitador social. La oclocracia se alimenta de promesas, pero sobre todo de mentiras, las de Trump, 50 por día.

La moneda no ha caído al suelo, pero el trumpismo llegó para quedarse.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.