Por ahora, es obvio para casi todo el mundo, que las políticas comerciales de la administración Trump, aunque sean menos melodramáticas que sus relaciones con Corea del Norte e Irán, amenazan con causar un daño enorme a la política exterior de Estados Unidos.

Utilizo la palabra “amenazar” porque todavía no sabemos si el presidente Trump llevará a cabo algunas de sus propuestas más radicales: entre ellas eliminar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Canadá y México.

Como sostiene el analista de comercio de la Brookings Institution, Geoffrey Gertz, hay una gran brecha entre la retórica comercial de Trump y la realidad subyacente. “La explicación más simple y quizás la más convincente (de la brecha) es que Trump es Trump”, escribió en un análisis reciente.

“No ve ninguna diferencia entre la retórica de la campaña electoral y los anuncios presidenciales oficiales, no está particularmente preocupado por la veracidad de sus afirmaciones y nunca está dispuesto a admitir un error”. Aun así, lo que está en juego es significativo.

Además del TLCAN, las relaciones económicas con China, en particular, la imposición de aranceles a las importaciones de acero y aluminio, pueden generar una cadena de represalias en contra de Estados Unidos, es decir, una guerra comercial.

Muchos economistas piensan que un mayor proteccionismo sería un lastre para la economía mundial. Los precios internos aumentarían, y por ende, impactará en el gasto del consumidor.

Al mismo tiempo, una mayor incertidumbre para las empresas puede impedir nuevas inversiones corporativas. Aunque la mayoría de los estudios sobre el comercio se centran en la economía, lo que a menudo se pasa por alto es que el comercio es básicamente un acto político. Se trata ni más ni menos de lo que comercia un país y con quién define sus relaciones exteriores. Es por eso que las propuestas comerciales de Trump han sido muy controvertidas.