Por primera vez en la historia del país, un procurador General de la República (Raúl Cervantes) pidió perdón a tres personas por haber sido sujetas a procesos penales por delitos que no se acreditaron, tal y como lo ordenó el Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa.

A media mañana del lunes pasado llegaron al auditorio del Museo Nacional de Antropología e Historia, en la Ciudad de México las ofendidas, Jacinta Francisco, Alberta Alcántara y Teresa González, tres indígenas hnähñús originarias de Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro y el procurador Raúl Cervantes.

Las mujeres fueron acusadas de secuestrar a seis agentes de la desaparecida Agencia Federal de Investigación de la PGR luego de un operativo que tenía como objetivo decomisar discos piratas que se vendían en las calles del centro de esa comunidad del sur de Querétaro.

Un juez las condenó a 21 años de cárcel y al pago de una multa de 91,620 pesos. El caso llegó hasta Tribunal de Justicia Fiscal y Administrativa que determinó que la PGR contravino el principio de presunción de inocencia en agravio de las señoras.

Por ello, el lunes el procurador pidió perdón y lo tuvo que hacer dos veces. Primero el reconocimiento de inocencia y disculpa pública fue para Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio y luego para Jacinta Francisco.

Pero para llegar a ese punto, en el evento del lunes, primero se oyeron en aquel auditorio las voces de un coro de niños indígenas que en hñähñú entonó el himno nacional, luego se transmitió un video con un recuento de esas tres historias de injusticia y vinieron los discursos: primero el Mario Patrón director del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, quien acompañó a las mujeres en la lucha contra el sistema de impartición de justicia.

Luego fue el turno de ellas. Teresa Hernández Cornelio. Dijo que las encarcelaron con engaños y acusaciones falsas, que las sacaron ante los medios de comunicación...

Relató que la vida les cambió por completo, pero recalcó: para mí esta disculpa pública es una gran victoria porque cierra estos once años de lucha .

Desde el podio se refirió al procurador a quien le dijo: Quisiera pedirle señor procurador a que se comprometa que ya no va a volver a suceder que las autoridades no fabriquen pruebas que más personas no vanan a parar injustamente a la cárcel por delitos que no cometieron .

Posteriormente habló Alberta Alcántara Juan. Cuando apenas llevaba un minuto, justo cuando decía que habían tocado muchas puertas se quebró la voz y la traicionó el llanto, pero siguió.

Ella también se refirió directamente al funcionario federal sentado a la mitad del presídium: Espero que no sea la última ni la primera de disculpa pública; hay muchas víctimas como nosotros. Espero que sus colaboradores trabajen bien y con la disculpa pública no me duele el tiempo perdido .

También habló Estela Hernandez Jimenez, hija de Jacinta Francisco. Primero lo hizo en su lengua madre. Pocos la entendían, como, en su tiempo, su madre y coacusadas entendían por qué estaban presas.

De un momento a otro comenzó a hablar en español. Inició con un es lamentable vergonzoso e increíble que a seis meses de cumplirse 11 años del caso 48/2006 hoy por fin la Procuraduría General de la República reconoce de manera forzada, no por voluntad, que el caso citado fue un error... la disculpa es por funcionarios mediocres, ineptos corruptos e inconscientes que fabricaron el delito de secuestro

Se dio tiempo para referirse a los que están preocupados por el destino de la indemnización a la que tienen derecho y les mencionó que no nacieron con ese dinero ni morirán con él y hasta para soltar desde esa tribuna un nos chingamos al Estado y cerró con un quedamos de ustedes hasta que la dignidad se haga costumbre .

Fue entonces el turno de Jacinta, la mayor de las agraviadas. Habló en su lengua original y luego en español. Dijo que estará contenta el día que acabe la injusticia.

Para entonces ya habían pasado dos horas de discursos. Entonces vino el acto formal. Todos de pie escucharon al procurador y a las traductoras para que se oyera también en hñähñu. Concluyó el acto y salieron por la puerta de atrás.

Desde lo lejos destacaban en el poncho blanco que vestía Alberta Alcántara, justo en el pecho, tres palomas azules, como el color del partido que gobernaba cuando las metieron presas; esas tres palomas estaban juntas, pero volaban.