El reto de las firmas es responsabilizarse por el impacto de sus operaciones.

El subdesarrollo, el fallido surgimiento de los países emergentes, no es una cuestión de incapacidad de la poblaciones, es una cuestión ética. Cuando en un país, en una institución, hay demasiadas mentiras, la confianza y el juego limpio son imposibles y por ello impera la corrupción que lleva a la pobreza y el sometimiento de los muchos y al empoderamiento de los pocos.

Las naciones amenazadas de fallar suelen tener conflictos políticos y enfrentamientos sociales: la pobreza lo invade todo y el futuro se obnubila. Pero hay un recurso siempre a la mano que, a pesar de los pesares, contiene la solución de los problemas. Se trata de la empresarialidad, una cualidad humana presente en todas las personas, que lleva a la acción, a la innovación, a descubrir soluciones para los problemas, a mejorar las ya existentes y a establecer nuevas fronteras para el desarrollo de pueblos, instituciones, organizaciones y, por supuesto, de las personas mismas.

Las personas y las sociedades esperan ciertos resultados en materia de crecimiento y desarrollo compartido y sostenible. Cuando esos objetivos no se alcanzan, nos preguntamos si el sistema social es el adecuado. Si los países subdesarrollados no incorporan los principios básicos de la responsabilidad social, no es extraño que no puedan estructurarse ni la acción colectiva, ni los resultados que se esperan de una sociedad integrada.

Los puntos básicos de un modelo de responsabilidad social comunitario están constituidos al menos por tres elementos: la mutua dependencia, el mercado como institución social y el control social.

Lo primero es reconocer que cualquier modelo de organización humana está fundado en la sociabilidad, que nos lleva a depender unos de otros. Tanto desde el punto de vista ético como político, el modelo de organización debe generar sociedades e instituciones que integren, incluyan y permitan una participación coherente en los resultados, como condición de la sustentabilidad.

El segundo referente tiene que ver con una formalización del mercado social y éticamente responsable. La economía social de mercado es una condición sin la cual es imposible el crecimiento, el desarrollo y la sostenibilidad, pero requiere justicia tanto en las exigencias para aportar, como para participar en los logros obtenidos.

Finalmente, una sociedad sin control social va a la deriva. Si los que ejercen la autoridad no aceptan que la gobernabilidad descansa en la cultura de la legalidad, la rendición de cuentas, la transparencia y la integridad, la generación de valor económico, político y social a través de la economía social de mercado se desvirtúa y supone una prevaricación de la mutua dependencia y la solidaridad.

Si la nueva generación de líderes empresariales, sociales y políticos se afinca en la tripleta solidaridad, generación de riqueza y gobernabilidad democrática, el futuro aparece como prometedor, si no lo hacen así, acaban con la esperanza y sin ella no se puede trabajar.

*Director del Centro de Estudios para la Gobernabilidad Institucional (CEGI) del IPADE Business School.

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