De las tres reformas más importantes que impulsó este gobierno al inicio de la administración, sólo una dio resultados inmediatos. Las otras dos no podrían ofrecer resultados tangibles sino muchos años después.

Las modificaciones en materia de telecomunicaciones permitieron de inmediato un abatimiento de precios para los consumidores y aunque está incompleto el proceso de apertura a la competencia, ha permitido mejores opciones de voz, video y datos en México. Incluso el impacto en la baja de los niveles de inflación es notable.

En la parte educativa es donde queda claro que veremos los resultados a más largo plazo. La evaluación aplicada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, vía su llamado Programme for International Student Assessment, nos deja claro que el estancamiento educativo en México tardará algo más que una generación en empezar a superarse, si es que realmente cumple con sus objetivos la llamada reforma educativa.

Y la tercera pata de las reformas estrella del gobierno de Peña Nieto es la energética. Porque realmente la mal llamada reforma fiscal fue una moneda de cambio con la izquierda para que dejara pasar las otras tres.

Los efectos del cambio en materia energética, básicamente petróleo y electricidad, fueron también inmediatos, pero la percepción de beneficios en una población abierta estaba claro que implicaría el paso de muchos años.

De entrada, hay que romper con viejos vicios, como la colusión de precios de los gaseros por ejemplo, y después hay que ver que la coyuntura de los precios de los hidrocarburos corrió en contra de la rápida obtención de resultados.

Si en algo se equivocó el gobierno federal durante la primera mitad del sexenio fue en su errónea concepción de que se preparaba para administrar la abundancia petrolera.

El gobierno federal empezó a gastar de forma excesiva y lo que no podía obtener por la vía de los ingresos lo complementaba a través de aumentar la deuda pública.

Mientras que Pemex optó por lo mismo. La empresa emitió deuda de manera frenética para tapar con recursos prestados sus vicios financieros históricos y prepararse para los tiempos de las vacas gordas petroleras que veía venir.

El precio del petróleo se derrumbó y, junto con ellos, los sueños de grandeza de un gobierno que ahora tiene que asumir los costos de una corrección financiera complicada por el entorno global.

Como sea, en materia energética estamos en un punto donde hay una cosecha más robusta de los resultados. De todas las licitaciones y rondas de asignación, la sociedad de Pemex con BHP Billiton para desarrollar el campo de Trión es por ahora la más significativa.

No sólo por su tamaño y la señal de que las grandes firmas del mundo creen en el petróleo en el futuro, sino porque hace que el famoso plan de negocios de Pemex sea viable y eso genera confianza en los mercados.

Vamos a tener tropezones en la sociedad con la reforma energética, como por ejemplo, los precios de las gasolinas en enero y el aumento que viene, pero la realidad es que este cambio estructural, que en el papel se antojaba como uno de los más importantes, empieza a mostrar evidencias de que sí podría dar resultados.

Así tengamos que esperar hasta el 2023 para ver el primer barril de petróleo de estas nuevas alianzas e inversiones.