La buena noticia es que ya quedaron atrás las elecciones de este año, la mala es que todos los partidos políticos ya están concentrados en las que siguen.

Como a los partidos políticos se les dan recursos por sus resultados electorales y no de gobierno, pues no es muy difícil entender cuál es su prioridad. Y como los que resultan electos no tienen mayores controles sobre su desempeño, se sienten más obligados con los que propiciaron su llegada al poder que con la ciudadanía.

Así que, a partir de este lunes, y con todo y el folclor poselectoral a la vista, PRI, PAN, PRD y demás partidos menores que les acompañan están pensando en las elecciones de Gobernador del Estado de México del próximo año, como una aduana indispensable para su gran interés: las presidenciales del 2012.

Los políticos más soberbios son los más bocones, y por tanto los más sinceros. Hace no mucho uno de ésos, del PRI, dijo que no contribuirían con sus votos en el Congreso a sacar adelante ninguna reforma estructural, porque eso implicaría un beneficio político para el PAN en el poder.

Pero dijo más: aseguró que cuando ellos regresaran al poder, en el 2012, se encargarían de levantar los pedazos del país.

Ése es precisamente el sentir de una clase política que tiene controles y exigencias en sus partidos, pero no en la sociedad. Lo importante es ganar, sin importar el costo económico y social que ello implique. Y las evidencias de este comportamiento sobran, y en todos los partidos.

Desde inicios de este año quedaron congeladas las discusiones legislativas en temas tan básicos como la reforma laboral o fiscal. Y la falta de un castigo de los electores a los partidos por esta negligencia es una evidencia más del mal juicio que prevalece entre los electores al momento de ejercer su derecho al voto.

No es novedad que el principal lastre que ven los expertos en materia económica para que este país pueda crecer más allá de su mediocre inercia es la falta de reformas estructurales. De hecho, ha sido la respuesta de más peso en el ánimo de los especialistas desde hace mucho tiempo.

Y no es falta de conocimiento por parte de la clase política. De hecho, saben tan bien que esos cambios son tan importantes y tan determinantes para que le vaya bien al país, que por eso no los hacen.

La mezquindad es tal que no se atreven a hacer lo correcto por temor a que sus opositores se lleven las palmas al momento de la exhibición de resultados.

Tampoco se les puede culpar a amarillos y tricolores. Cuando el Presidente azul es capaz de salir a presumir los trabajos generados por la iniciativa privada, tres días antes de las elecciones, se les entiende.

Y más, cuando a esos empresarios lo que se les receta como incentivo para crear más empleos este año son más impuestos y tarifas públicas más elevadas. Así que lo que el Presidente debió decir: tenemos un sector privado tan fregón que a pesar de maltratarlo con tantos impuestos, ha creado medio millón de empleos, pero no lo dijo.

Con los resultados electorales de ayer nada cambia. Cada partido seguirá trabajando en sus objetivos: unos en regresar, los otros en no irse o los que quedan en sobrevivir. Si acaso se plantea alguna reforma que pueda ser calificada como estructural será producto del cálculo político.

Así, una reforma fiscal que plantee la eliminación total de las tasas diferenciadas es imposible, porque la politiquería ha encarecido el gravar algunos productos con el IVA.

Pero si hay algún acercamiento a dejar una canasta de productos exentos y gravar el resto con una tasa general será producto de la matemática electoral:

Hacer el cambio ahora, con resta de votos para el partido en el poder, con suma de recursos disponibles a partir del 2012 y con el resultado de un triunfo en ese año y con mayor disposición de recursos. Sin la división de popularidad por tener que llegar a hacer tantos cambios legislativos.

La reforma laboral se antoja mucho más complicada, porque el PRI no cambia: vive del corporativismo sindical, aunque el nuevo rostro con copete tenga apariencia de muy moderno.