Más allá de las reformas legislativas que se supone habrán de negociarse en estos meses por venir, ?está la inevitable discusión del paquete económico.

Es un hecho que la estrategia mediática de los perdedores no resignados de las elecciones quedó tapada por los huevos.

Es de mucho más interés general el saber qué va a pasar con el precio de este alimento tan popular en México que el destino personal de un grupo que volvió a perder las elecciones y volvió a no aceptar el resultado.

Es mucho más complicado fijar en la mente popular el tema de la supuesta iniquidad electoral derivada del uso de recursos presuntamente ilícitos o excesivos, que los huevos a 40.

Tampoco ayudan para la causa personal de López Obrador sus antecedentes violentos de la elección pasada, cuando tomó la vía del uso del poder del Gobierno del Distrito Federal para afectar a millones de personas con su toma de Paseo de la Reforma.

Y como colofón de su descrédito está la presentación de un chivo, dos gallinas y un pollito como pruebas contundentes de sus dichos de fraude electoral.

Andrés López tiene seguidores, simpatizantes, feligreses que no van a quedar conformes con la resolución del tribunal. Cuando hay dogmas de por medio, no hay argumento que valga, y es en ese ambiente donde permean las ideas de conseguir por la fuerza lo que no se pudo conseguir por la vía democrática.

Puede no gustarle a muchos, pero es incontrovertible que la situación económica de la mayoría de la población ha mejorado de forma notable en lo que va de este siglo.

El aumento de la clase media es evidente, con una clara pausa por la crisis del 2009, pero la inflación baja y la economía con crecimientos, aunque sea modestos, se nota.

Un componente básico para azuzar a la población a un levantamiento es tener peores condiciones que en un pasado cercano y eso no sucede. Hay ambición de poder, nada más.

Y hay algo más que frena las ideas violentas de ese grupo, el hecho de que los candidatos que sí ganaron sus contiendas particulares ya están ejerciendo el poder y están acordando con sus opositores, hoy compañeros de Congreso, por ejemplo.

Así, la amenaza de romperlo todo llega a la par que los coordinadores parlamentarios del Senado se dan la mano, los tres, para prometer que ahora sí van a trabajar juntos .

No hay nada que pudiera indicar o justificar que el tribunal electoral pueda anular la elección, nada más allá de la ambición personalísima de un grupo.

Si estas pretensiones, que son irracionales, se pudieran transportar hacia el terreno positivo, lo que habría es una fuerza política importante, que obtuvo el segundo lugar de las preferencias electorales la pasada elección y que hoy puede ser un activo para exigir al gobierno priísta que pueda dar resultados.

Más allá de las reformas legislativas que se supone habrán de negociarse en estos meses por venir, está la inevitable discusión del paquete económico y las fuerzas de izquierda tienen, otra vez, la alternativa entre marginarse de la negociación o influir en ella.

Por lo que han dejado ver los diputados y senadores que conforman la mayoría para la siguiente Legislatura, los grandes temas económicos no serán objeto de reformas estructurales inmediatas.

Eso implica que el paquete económico del 2013 tendrá que hacerse con las herramientas presupuestales disponibles. Parchar los ingresos ahora para, supuestamente, hacer una reforma fiscal el próximo año no tendría sentido.

Salvo por una cosa: que las necesidades de gasto del estilo priísta de gobernar requieran que así sea de debajo de las piedras se tengan que inventar recursos.

Y en eso de gastar a manos llenas, priístas y perredistas se pueden hermanar muy bien. Pero para eso necesitan dirigirse la palabra, como hasta ahora.

El ADN de unos y otros es compartido y eso los puede hacer coincidir en muchos planteamientos, a los que sin duda los panistas habrán de oponerse.

Pero si tras el fallo desfavorable para las ambiciones de poder de López Obrador se vuelve a conformar un bloque de talibanes con fuero, perderán la oportunidad de influir.

Porque no parece factible el deseo enfermo de que el pueblo bueno se levante en contra del gobierno malo para entregarle la banda presidencial al hombre que se cree destinado a conducir a este país por alguna especie de voluntad superior al voto mayoritario.

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