La oposición a productos transgénicos u organismos genéticamente modificados (OGM) tiene un origen ideológico y se propaga no sólo con desinformación y manipulación de la opinión pública, sino -incluso- con el fraude científico. La humanidad ha modificado genéticamente especies de uso agrícola durante miles de años. A través de selección y desarrollo de híbridos se han logrado atributos deseables en los cultivos que han expandido la producción para alimentar hoy en día a más de 7,000 millones de habitantes en la Tierra.

La genómica moderna extiende esas posibilidades y hace más precisa la incorporación de atributos favorables en las plantas, por medio de la modificación directa de su código genético. Así, se han creado variedades que incorporan nutrientes básicos en cereales que tienen deficiencia de ellos (arroz); dispositivos genéticos que actúan como vacunas (papa); resistencia a distintos parásitos o agroquímicos (maíz, algodón), lo que permite reducir el uso de plaguicidas o herbicidas tóxicos para el ambiente; tolerancia a la sequía o durabilidad para un menor desperdicio de alimentos. Pero quizá lo más importante es que la modificación genética de los cultivos es capaz de aumentar considerablemente la productividad, es decir, la producción por hectárea. En un planeta que hacia mediados del siglo tendrá que soportar a 9,000 millones de habitantes con patrones de consumo cada vez más demandantes, sería imposible alimentarlos sin arrasar hasta el último rincón de bosques, selvas y otros ecosistemas terrestres, para convertirlos en zonas de explotación agropecuaria saturadas de plaguicidas y fertilizantes (la pesadilla maoísta o echeverrista de no dejar más que las carreteras sin sembrar ). Sería la destrucción final de todo el entramado de la vida en el planeta, México incluido, cuya población probablemente se acerque a 150 millones de habitantes en el 2050.

Si bien pueden ser culturalmente apetecibles la producción y el consumo de productos orgánicos sin modificación genética, esto no es una alternativa física o ecológicamente generalizable ante la realidad poblacional nacional y global. Bajo la espada de Damocles demográfica que pende sobre México y sobre el planeta, la única forma posible de conservar la biodiversidad es multiplicando la productividad agrícola (toneladas/hectárea). Ello sólo es asequible haciendo uso de todo el poder tecnológico disponible, incluyendo -desde luego- la modificación genética de plantas y animales. Por ejemplo, téngase en cuenta que una milpa tradicional produce 1 o 2 toneladas de maíz por hectárea; otra, con la mejor tecnología moderna, más de 16.

Salvo el caso aún no concluyente de la afectación a las mariposas monarca por el maíz BT (que lleva su propio plaguicida genético), no existe ninguna evidencia significativa de riesgo por parte de OGM. Cientos de millones de personas hemos consumido productos alimenticios provenientes de OGM durante décadas (maíz, soya), y en México, al menos desde hace 20 años, sin daño alguno a la salud.

El fanatismo ideológico anticapitalista contra los OGM no duda en recurrir al fraude científico, como ocurrió con la publicación en Food and Chemical Toxicology en septiembre del 2012 de un artículo tramposo de Gilles-Éric Séralini, que fue ampliamente divulgado sin revisión académica. Pretendía demostrar que el maíz genéticamente modificado NK603 inducía tumores en ratas de laboratorio. Provocó pánico en políticos ingenuos u oportunistas, al grado que algunos países suspendieron la importación de OGM. Todo fue un acto vergonzoso de estafa científica y el artículo de marras fue retirado. Sin embargo, el daño estaba hecho.

Sería ecológicamente suicida que México renunciara a la tecnología genómica agrícola por fundamentalismos ideológicos impuestos desde el extranjero, legitimados por una timorata corrección política. Brasil y muchos otros países ya nos llevan años luz de ventaja. Debemos reponer el tiempo perdido.