Una de las noticias más comentadas alrededor del mundo ha sido el encallamiento del crucero Costa Concordia en Italia. Apenas 11 horas antes de hundirse, mi familia y yo bajamos del barco en el puerto de Civitavecchia. Este triste acontecimiento nos deja lecciones que, aunque aparentemente no tienen relación con la crisis de deuda en la Unión Europea, muestran el desenlace de tragedias paralelas.

¿Qué tienen en común dos hechos aislados, un barco que se hundió y un euro que sigue los mismos pasos? El encallamiento del Costa Concordia se podía haber prevenido al igual que la crisis de deuda.

En el primer caso, el capitán actuó con negligencia antes del accidente y durante el mismo. No sacar a tiempo a los pasajeros generó mayor confusión. Cada minuto perdido restó posibilidad de que más personas se salvaran. Igualmente, algunos gobiernos europeos actuaron de manera lenta e irresponsable pues se endeudaron sin control, suponiendo que países más ricos saldrían al rescate. En ambos casos, la falta de una respuesta inmediata y efectiva empeoró la situación.

La ansiedad del capitán por salvarse primero lo llevó a salir del barco inmediatamente. Al abandonar su responsabilidad, faltó un líder capaz de mantener el control y aminorar el caos con una mejor organización durante la evacuación.

Los países más afectados por la crisis como Grecia, Italia y España adelantaron elecciones y removieron a muchos de los líderes responsables dando paso a la creación de nuevos gobiernos que tomaron el timón.

Muchas veces, aquellos que hacen más grande el problema por error u omisión son quienes menos responsabilidad asumen. Alguien más termina pagando los platos rotos. Los pasajeros del barco encallado, al igual que muchos ciudadanos europeos, fueron engañados.

Ante el pánico que se genera cuando caen los mercados o cuando entra el agua en la nave, cada quien piensa en cómo salvarse sin importar lo que pase a otros. Es comprensible el sentimiento de supervivencia que se impone sobre la solidaridad, el problema es cuando asumimos esa actitud de manera permanente, no únicamente en tiempos de crisis.

Más allá de escenarios como estos en los que la tragedia termina siendo el final de la historia, en el mundo de hoy predomina esta lógica: Yo me preocupo sólo por mí, cuando algo nos afecta a todos prefiero que alguien más se haga cargo. Nos hemos olvidado de que, aunque el viaje es personal, el destino es compartido.

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