Fue una quiebra ordenada pero no por ello dejó de ser una quiebra. El arreglo al que llegó el gobierno griego con los poseedores de deuda soberana, con una quita de un poco más de 50% del principal, por un monto de 105,000 millones de euros, le da un respiro al gobierno helénico al liberarse del segundo rescate financiado por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, por un monto de 130,000 millones de euros, teniendo como objetivo bajar el saldo de la deuda como porcentaje del PIB de 160% actual a 120% para el 2020.

Se evitó una quiebra desordenada pero no por ello se resuelven los graves problemas estructurales que tiene la economía, los cuales no son solamente de carácter fiscal. Grecia es una economía atrofiada, tal como se reflejó en una caída del PIB de 7.5% en el último trimestre del año pasado.

Y peor aún, se estima una contracción adicional este año de otro 7%, con lo que se acumularía una caída acumulada en los últimos cuatro años de casi 25 por ciento. El desempleo, ahora en 21% de la PEA, con certeza aumentará. Un absoluto desastre.

Grecia, además del problema fiscal que parece irresoluble (aun sin haber sido emitidos los nuevos bonos que se canjearán con el arreglo, éstos ya se cotizan en el mercado gris con un descuento de casi 20%, lo que indica que el gobierno griego requerirá de nuevos rescates en el futuro y que aún con la quita negociada de la deuda sigue siendo imposible de servir), tiene un grave problema estructural que se refleja en una muy baja productividad y, por lo mismo, en una muy baja competitividad en los mercados internacionales.

Una economía que vivió por varios años por arriba de su capacidad real, financiada con las enormes transferencias que recibió del resto de Europa, aunada a la baja prima de riesgo por ser parte de la zona euro, escondió las enormes deficiencias estructurales que ahora son evidentes.

Grecia es de las economías más reguladas de la Unión Europea, lo que se refleja en que los mercados de bienes y de factores de la producción son notoriamente rígidos e ineficientes.

Un reflejo de ello, tal como lo reportó la revista The Economist en su número del 3 de marzo, es que casi 30% de las empresas griegas tiene menos de 10 empleados, comparado con 4.3% en Alemania; en contraste, sólo 22% de las empresas griegas tiene más de 250 empleados, comparado con 50% en Alemania, Francia y Gran Bretaña. El muy pequeño tamaño de las empresas no les permite alcanzar suficientes economías a escala, por lo que la productividad en estas empresas es solamente un poco más de 50% relativo a la productividad de las empresas que tienen más de 250 empleados.

Es obvio que para que la economía griega salga adelante, además de resolver su problema fiscal, requiere de una profunda reforma estructural que permita una mayor flexibilidad de los mercados, tal que ello se traduzca en una mayor productividad y competitividad. Es la única manera en que la economía puede volver a entrar en una dinámica de crecimiento económico.

La tragedia griega tiene al menos dos lecciones para quienes quieren gobernar este país a partir del 1 de diciembre del 2012. Primero, con las finanzas públicas no se juega; incurrir en políticas fiscales expansivas y deficitarias acarrea un enorme costo. Segundo, para crecer se requiere de un arreglo institucional que genere los incentivos alineados con el crecimiento económico.

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