Ha sido una semana llena de información económica en Estados Unidos, pero el dato más esperado lo habremos de conocer hoy.

El informe sobre las nóminas no agrícolas que hoy dará a conocer el Departamento del Trabajo es un dato muy relevante en la economía y, también, en la política porque las posibilidades de reelección de Barack Obama son inversamente proporcionales al descenso en el desempleo.

No hay duda de que la economía estadouni­dense está lejos de la recesión pero su comportamiento con indicadores más positivos ha sido producto de los esteroides monetarios suministrados por la Reserva Federal (Fed) de los Estados Unidos.

Allá, el banco central tiene la obligación, como el banco central mexicano, de cuidar que la moneda conserve el poder de compra. Pero, a diferencia del mandato único del Banco de México, la Reserva Federal sí tiene participación en la procuración del pleno empleo.

Eso implica que el combate a la inflación no tiene que ser a cualquier costo. Como le ocurrió a México en el 2008, cuando la obstinación del banco central de mantener tasas exageradamente altas le costó a la economía una desaceleración importante, previa a la Gran Recesión del 2009.

Pero tampoco debería la Fed, en un intento extraordinario de levantar por sí sola la economía estadounidense, descuidar la inflación.

El reto de un banco central que tiene el objetivo dual de controlar la inflación y procurar el crecimiento económico es mantener los equilibrios.

Y aspirar todos los días a inflaciones muy bajas, con tasas de crecimiento muy altas.

De hecho ayer Ben Bernanke, titular de la Fed, estuvo en el Congreso y un republicano le lanzó la pregunta de si sacrificaría la nueva meta inflacionaria estadounidense de 2% a cambio de mejorar el entorno laboral.

Bernanke le dijo que durante algún tiempo quieren buscar que la inflación se acerque al nivel marcado como objetivo. Y que las tasas bajas no son para nada destructoras de la economía.

Y con ese largo colmillo, que ya le arrastra al titular de la Reserva Federal, les dijo a republicanos y demócratas que un problema de verdad es el insostenible déficit de Estados Unidos. Por lo tanto, los urgió a que tomen las medidas necesarias para corregir esa bomba de tiempo.

El punto es que, ciertamente, el banco central estadounidense no dejará de lado el control inflacionario y si hay el ánimo de mantener las tasas de interés en prácticamente cero durante los próximos tres años es porque no se esperan presiones inflacionarias.

Y si hay que cambiar la política monetaria o terminar con los estímulos porque la economía se recupera y con ella la demanda, pues, enhorabuena.

Así que por lo pronto, hoy los mercados esperan que se mantenga la tendencia positiva de creación de empleos y que, como dice Bernanke, se mantenga la mejora en la economía, aunque sea por ahora frustrantemente lenta.

La economía estadounidense puede aguantar este juego con fuego de las tasas bajas prometidas en estos niveles por muchos años, pero es más difícil que pueda sostenerse la salud financiera con un déficit presupuestal tan importante.

La Fed podría corregir en semanas la política monetaria en caso de repentinos aumentos en precios, pero los dese­quilibrios presupuestales tardan años en corregirse.

La primera piedra

La buena noticia para la industria automotriz mexicana es que las ventas de autos en Estados Unidos crecieron de forma importante durante enero.

El aumento fue de más de 11% para superar las 913,000 unidades en el primer mes del año. Muchos de estos vehículos están hechos en México.

La mala noticia llega desde Sudamérica. Ahora que México está diversificando sus mercados, resulta que Brasil ya se quiere echar para atrás en el acuerdo sectorial que tiene con nuestro país.

Simplemente, México ha inundado de autos hechos acá el mercado carioca y los vehículos fabricados en ese suelo no han tenido tanto éxito acá. Así que ya quieren romper el trato.

Es cierto que el mercado mexicano tiene la competencia desleal de los autos chatarra de Estados Unidos que entran con total facilidad al territorio nacional, pero también es un hecho que la mano de obra mexicana permite productos altamente competitivos.

Y los brasileños, acostumbrados a una economía cerrada, no pueden tolerar ese éxito mexicano.

Así que cualquier día de éstos nos rompen el tratado en la cara.