Existen lecciones muy valiosas para la política fiscal en México que se desprenden del famoso fiscal cliff y del acuerdo entre demócratas y republicanos estadounidenses para enfrentarlo.

Como sabemos, el principal temor de la economía deprimida de Estados Unidos es que la expiración de los recortes de impuestos y la reducción del gasto público volvieran a hundir a la economía del país más rico del mundo en una recesión. Al final, el dilema al que se enfrentaron fue el de cómo financiar un nivel de gasto abultado sin pegarle demasiado a los incentivos a invertir ni al dinero disponible para consumo.

Dos rubros de gasto han contribuido decisivamente al abultado gasto a financiar en Estados Unidos. Por un lado, el incremento en los gasto de defensa y seguridad nacional tras el 11 de septiembre del 2001. Por el otro, el incremento del gasto en seguridad social del presidente Barack Obama.

El caso mexicano es muy similar. Mientras que la guerra contra el narco ha elevado enormemente el presupuesto para defensa y seguridad pública, el Seguro Popular seguirá incrementando el presupuesto para salud.

Al final enfrentamos un dilema similar al de los estadounidenses: ¿De dónde sacamos el dinero para financiar una ambiciosa agenda de gasto sin castigar la rentabilidad de la inversión?

Si lo que queremos es tomar al toro por los cuernos, los del vecino país del norte nos dan un pésimo ejemplo. Con el famoso acuerdo al que llegaron no hicieron más que sacarle al parche. Ni corrigieron su sistema tributario para quitar avenidas de elusión para las empresas y los muy ricos, ni corrigieron las fuentes de gasto excesivo y mucho menos le entraron a bajarle al gasto en defensa.

La negociación quedó en un modesto incremento de impuestos a los muy muy ricos a cambio de no recortar el gasto en defensa y de no insistir en echar para atrás las reformas de Obama, que incluyen una extensión de dos años en los beneficios de desempleo y subsidios a personas con ingresos muy por encima de la línea de la pobreza.

Entrarle al toro por los cuernos implicaría un sistema tributario parejo, con poquísimas excepciones, que permitiría tasas más bajas y menores costos de cumplimiento para toda la economía.

Implicaría también replantear seriamente la costosa guerra contra el narco y asignar el creciente gasto en desarrollo social con base en criterios de rentabilidad social estrictos.

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