Ver un partido de futbol mientras se consumen alimentos y bebidas es un binomio que para muchos aficionados es indisoluble. En el caso de México, la Procuraduría Federal del Consumidor informó que durante los partidos de la Selección Mexicana, el consumo promedio por persona aumentó de 275 a 350 pesos por persona. Con la diferencia de horarios entre Rusia y México, la hora del desayuno se convirtió en el momento en el que los aficionados se reunieron a ver los partidos. ¿Por qué no podemos disociar la comida de estas ocasiones de reunión?

Es difícil pensar como aficionado a un deporte, el hecho de ser espectador y no acompañar esta actividad de una comida, bebida o ambas. ¿Se imagina un estadio sin cueritos, cervezas, palomitas, tortas, o cualquier otro alimento? El sentido de ocasión con el que revestimos a los momentos en los que compartimos una comida es un importante fenómeno social. Cualquier comida compartida está dotada de un sentido de ocasión en el que el alimento también es un importante símbolo acerca de lo que está sucediendo. Así como hay comidas cotidianas y comidas de fiesta, hay comidas de cine, comidas de futbol y una multiplicidad de sentidos que se le dan a la ocasión de acuerdo con dónde, cómo, con quién y en qué momento compartimos los alimentos.

Las reuniones en torno a los partidos de la Selección, además de la evidente derrama económica generada en los lugares de reunión o en las comidas para llevar, y el paro de actividades, tienen un sentido de “normalidad” para la mayoría de los aficionados. Es en los anteojos extranjeros donde encontramos hasta qué punto normalizamos hechos sociales. Por ejemplo, he recibido comentarios de extranjeros que se asombran del consumo de alcohol durante los partidos de las 8 de la mañana de la Selección Mexicana y de la presencia de pantallas en restaurantes de alta gama (cosa impensable en otras latitudes). En un fin de semana, consumir cerveza a las 8 de la mañana sería visto socialmente como un hecho desviado de la norma social, es decir, probablemente se pensaría que la persona que lo consume tiene un problema de adicción. Cuando este sentido es socialmente compartido, se relajan ciertas normas y el consumo de ciertos alimentos, el paro de actividades y la ocasión de desayunar, por ejemplo, con colegas de trabajo, toma otra connotación. Y este hecho no es bueno ni malo, simplemente resulta un fenómeno de control social que se repite en muchas otras esferas de la vida, con consecuencias positivas y negativas.

La relación de la comida que se consume y el hecho de ver un partido, ya sea en el estadio o en una pantalla, es un ritual dentro del ritual. Un ritual en el sentido secular, es un hecho que permite la cohesión social, un sentido de solidaridad y de hecho por los que nos sentimos vinculados con los otros. Los gritos compartidos en un partido, la ola y las porras, forman parte de esfuerzos colectivos en este sentido. El consumo de alimentos, por su lado, está dotado también de códigos que todos compartimos y por los que todos entendemos qué es lo que está pasando al momento de compartir en grupo.

Es por ello que, como cualquier hecho de la vida social, entre mayor sea el sentimiento de cohesión, con mayor intensidad se sienten los triunfos y fracasos.