El acuerdo entre los 27 países de la Unión Europea es geopolítico.

Se trata de un logro que se traduce en el fortalecimiento de sus objetivos fundacionales más importantes: cohesión entre sus miembros, política exterior común y gobernanza supranacional.

Los grandes saltos evolutivos de la Unión Europea no ocurren todos los días, pero sí se piensan y se planean con mucha frecuencia. Por ejemplo, con el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero sus seis miembros fundacionales (Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Italia y Luxemburgo) colocaron en la misma canasta las principales materias primas utilizadas en actos bélicos. Su objetivo era muy claro: evitar guerras entre ellos. Este Tratado fue firmado en París en 1951, seis años antes de que naciera lo que hoy conocemos como Unión Europea.

A través del Tratado de Maastricht (1992) los países construyeron dos pilares político-jurídicos: política exterior y de seguridad común, y el que compete a la justicia.

El acuerdo alcanzado la semana pasada en Bruselas, que tendrá que ser refrendado por los 27 Parlamentos, también es histórico porque por primera ocasión en la historia de la Unión Europea se va a crear una deuda común, que habrá que reembolsar en el 2058 a través de impuestos europeos como el del negocio digital, plástico no reciclado y transacciones financieras, entre otros.

El fondo para la recuperación económica que ayudará a paliar la crisis producida por el nuevo coronavirus tendrá un monto de 750,000 millones de euros, de ellos, 390,000 serán subsidios y 360,000 millones se otorgarán a través de préstamos.

En la importancia del acuerdo subyace la existencia de diversas rutas que existen en la Unión Europea, y algunas de ellas divergentes.

Una de las rutas es recorrida por el eje franco-alemán, países que desean una importante evolución de la Unión Europea; otra es la que utilizan los llamados países frugales (austeros): Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca. Otra ruta siguen los que conforman el llamado Grupo de Visegrado: Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia.

Durante los cinco días que duraron las negociaciones en Bruselas se pudieron observar algunas diferencias entre los líderes políticos. De acuerdo al periódico El País, durante el segundo día, el presidente del Consejo Europeo Charles Michel, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, organizaron una reunión sólo con la alemana Angela Merkel, el francés Emmanuel Macron, el italiano Giuseppe Conte, el español Pedro Sánchez y el holandés Mark Rutte. Todos forman parte de algunas de las rutas descritas líneas arriba: España e Italia son los países, hasta el momento, más afectados por el nuevo coronavirus; Rutte no estaba dispuesto a “regalar dinero” a costa de las finanzas de su país, y Merkel y Macron habían pactado desde mayo negociar un fondo para apoyar a los países cuyas economías han sido las más afectadas por el confinamiento riguroso.

La crónica que escriben los periodistas Bernardo de Miguel y Carlos E. Cué en El País del pasado viernes revela que Sebastian Kurz, primer ministro de Austria, fue el más duro de los 27. “Los choques de Kurz y Merkel eran durísimos. Él quería en todo momento desautorizarla. Él ya está pensando en la era post Merkel y quiere jugar su papel”, señaló al diario español uno de los negociadores.

La Unión Europea demuestra que, a pesar de que sus integrantes tienen en varias ocasiones intereses divergentes, y por ello toman distintas rutas, busca un objetivo geopolítico común: convertirse en el bloque de países  del mundo con protagonismo político de peso. Todos los caminos llevan a la Unión Europea.