Cuando se habla de desigualdades “extremas”, conviene distinguir entre el ingreso y la riqueza. Es relativamente común observar una concentración extremadamente alta de la riqueza (el conjunto de bienes y activos de todo tipo que pueden poseerse bajo el régimen jurídico vigente en cada momento), con casi todos los activos en manos del 10% más rico o incluso del 1% más rico, y una ausencia casi total de cualquier forma de patrimonio entre el 50% o incluso el 90% más pobre de la población. En concreto, hemos visto en la primera parte de este libro que las sociedades propietaristas que florecieron en Europa durante el siglo XIX y principios del XX se caracterizaron por una concentración extrema de la riqueza. En la Francia de la Belle Époque (1880-1914), como en el Reino Unido o en Suecia, el 10% más rico poseía entre 80% y 90% de todos los activos (tierras, bienes inmuebles, activos profesionales y financieros, todos ellos netos de deuda) y el 1% más rico, por sí solo, poseía entre 60% y 70% de todos los activos existentes. La extrema desigualdad de la riqueza puede generar problemas políticos o ideológicos, pero no tiene por qué plantear ninguna dificultad desde el punto de vista estrictamente material. De hecho, es el caso de las empresas en las que el 100% de sus activos están en manos del 10% o el 1% de los accionistas más ricos. En teoría, puede darse incluso el caso de que las clases propietarias tengan más del 100% de la riqueza, si los pasivos de algunos agentes son mayores que sus activos (por ejemplo, en el caso extremo de los esclavos, que deben todo su tiempo de trabajo a sus dueños). La desigualdad de la riqueza está relacionada, ante todo, con la distribución del poder en la sociedad. Si el aparato de represión o persuasión (según el caso) puesto en marcha por los rentistas logra mantener unido el sistema, perpetuando el equilibrio, entonces la desigualdad de la riqueza puede no conocer límites.

La situación es diferente en el caso de la desigualdad del ingreso, es decir, la distribución del flujo de riqueza producido en un solo año, que por definición tiene que respetar una restricción de subsistencia en relación con los más pobres (a menos que se acepte que una parte significativa de la población esté condenada a desaparecer en el corto plazo). Es posible vivir sin poseer, pero no sin comer. En una sociedad extremadamente pobre, donde el nivel de producción per cápita corresponde al nivel de subsistencia, no sería posible una desigualdad del ingreso sostenible. Todos sus habitantes percibirían unos ingresos muy similares, de modo que la participación del decil superior en los ingresos totales sería igual a 10% (la parte correspondiente al percentil superior sería igual a 1%). Al contrario, cuanto más rica es una sociedad, más posibilidades tiene de generar una elevada desigualdad del ingreso. Por ejemplo, si la producción per cápita es aproximadamente 100 veces superior al nivel de subsistencia, es posible (teóricamente) que el percentil superior se apropie de 99% de la riqueza producida y que el resto de la población se vea obligada a contentarse con el nivel de subsistencia. En general, es fácil demostrar que la desigualdad máxima materialmente factible aumenta con el nivel de vida medio de una sociedad.

El concepto de desigualdad máxima es útil porque ayuda a comprender por qué la desigualdad del ingreso no podrá ser nunca tan extrema como la desigualdad de la riqueza. En la práctica, la proporción del ingreso total que recibe el 50% más pobre suele situarse siempre al menos en 5-10% (generalmente alrededor de 10-20%), mientras que la participación en la riqueza total del 50% más pobre puede ser casi nula (a menudo apenas 1-2%, e incluso negativa). Del mismo modo, en las sociedades más desigualitarias la proporción del ingreso total que recibe el 10% más rico no suele superar 50-60% (con la excepción de algunas sociedades esclavistas y coloniales de los siglos XVIII, XIX y XX, en las que esta proporción llegó a situarse en 70-80%), mientras que su participación en la riqueza alcanza regularmente 80-90% de la riqueza total, sobre todo en las sociedades propietaristas del siglo XIX y principios del XX. No sería sorprendente que se recuperaran esos niveles en las florecientes sociedades neopropietarias de principios del siglo XXI.

"Capital e ideología", la nueva obra de Thomas Piketty, es un análisis histórico que conduce a la propuesta de un nuevo sistema social, basado en la igualdad y el acceso a la educación. Foto: Cortesía Thomas Piketty

En todo caso, no conviene exagerar la importancia de los determinantes “materiales” de la desigualdad. La experiencia histórica muestra que la capacidad ideológica, política e institucional para justificar y estructurar la desigualdad en cada sociedad es lo que determina su nivel, no tanto la riqueza o el desarrollo económico en sí. La noción de “ingreso de subsistencia” es en sí misma más compleja que una simple realidad biológica. Se trata de un concepto multidimensional (alimentación, ropa, vivienda, higiene, etcétera) que depende de consensos sociales que cada sociedad ha ido forjando, lo cual nunca podrá sintetizarse adecuadamente en un único indicador monetario. A finales de la década de 2010, se considera que el nivel de subsistencia a nivel mundial corresponde a una cantidad comprendida entre uno y dos euros por día, de manera que la pobreza extrema afecta al número de personas que viven con menos de un euro por día. Las estimaciones disponibles sugieren que el ingreso medio per cápita era inferior a cien euros al mes en todo el mundo en el siglo XVIII y a principios del siglo XIX (frente a unos mil euros al mes en 2020, ambos expresados en precios constantes de 2020). Esto implica que una parte importante de la población no estaba muy lejos del nivel de subsistencia de la época, algo que parecen confirmar las altas tasas de mortalidad en todos los grupos de edad y la baja esperanza de vida. También pone en evidencia que existe un margen de maniobra entre regímenes desigualitarios diferentes. Por ejemplo, en Santo Domingo, próspera isla azucarera y algodonera, el valor de mercado de la producción per cápita era entre dos y tres veces superior al ingreso medio mundial de la época, en un marco en que la extracción de rentas y la desigualdad eran máximas. Por otra parte, basta con que el nivel de vida medio de una sociedad multiplique entre cuatro y cinco veces el nivel de subsistencia para que la desigualdad alcance niveles extremos del orden de 80-90% del ingreso en manos del decil o percentil superior.

Dicho de otro modo, en una sociedad extremadamente pobre es difícil que se pueda desarrollar un régimen desigualitario altamente jerárquico. Sin embargo, no es necesario que una sociedad sea muy rica para que la desigualdad sea muy elevada. No es descartable que muchas sociedades a lo largo de la historia, probablemente incluso la mayoría, hayan podido desarrollar una desigualdad material extrema, similar a la de Santo Domingo. (Dicho de otro modo, habríamos pasado de un ingreso per cápita mundial tres veces superior al nivel de subsistencia a un ingreso medio 30 veces superior al nivel de subsistencia, aproximadamente. Aunque estos órdenes de magnitud parecen hablar por sí mismos, conviene ser prudentes ante interpretaciones excesivamente mecánicas: los índices de precios utilizados para comparar el poder de compra durante un periodo tan largo no son suficientes por sí mismos para captar por completo la magnitud de las transformaciones en juego, a menudo multidimensionales, ni la diversidad de escenarios posibles. Un mismo índice de precios medios puede ocultar precios relativos muy diferentes para cada uno de los principales bienes básicos, de modo que tendrían que ser examinados uno a uno si lo que se pretende es analizar con detalle la evolución de la pobreza.) Tampoco es descartable que las sociedades opulentas de nuestros días puedan ir incluso más allá (quizás algunas lo hagan en el futuro). La desigualdad es fruto de consideraciones ideológicas y políticas, no tanto de restricciones económicas o tecnológicas. Si las sociedades esclavistas y coloniales alcanzaron niveles de desigualdad excepcionalmente altos fue porque estaban construidas en torno a un proyecto político e ideológico particular, basado en relaciones de poder específicas y en un sistema jurídico e institucional concreto. El mismo principio rige en el caso de las sociedades propietaristas, las sociedades trifuncionales, las sociedades socialdemócratas o comunistas y, en general, en cualquier sociedad humana.

Si bien han existido diversas sociedades a lo largo de la historia cuya desigualdad del ingreso se ha situado en niveles extremadamente elevados tomando como referencia la proporción del ingreso total en manos del 10% más rico (en torno a 70-80% del ingreso total en el caso de las sociedades esclavistas y coloniales más desigualitarias, y en torno a 60-70% en las sociedades más desigualitarias de nuestros días, es decir, Oriente Próximo y Sudáfrica), la situación es diferente si se toma como referencia la proporción del ingreso total en manos del 1% más rico. En este último caso, los niveles más elevados se sitúan en torno a 20-35% del ingreso total, lo cual es sin duda considerable, pero aún es muy inferior al 70-80% teóricamente factible si el nivel de vida medio de la sociedad en cuestión supera entre tres o cuatro veces el nivel de subsistencia. Este resultado se explica asumiendo que no es tan sencillo construir una ideología y unas instituciones capaces de permitir que un grupo tan pequeño como el 1% de la población convenza al resto de la sociedad de que les ceda el control de casi todos los recursos. Puede que algunos grupos de tecnomultimillonarios especialmente creativos lo logren en el futuro, pero por el momento ninguna élite lo ha conseguido. En el caso de Santo Domingo, que en este libro ejemplifica la desigualdad absoluta, se estima que la participación del percentil superior llegó a poco menos de 55% de la riqueza producida, lo que se acerca peligrosamente al máximo teórico. Este cálculo, sin embargo, no deja de ser en cierta medida artificial, puesto que incluye en el 1% más rico a los propietarios de plantaciones que residían principalmente en Francia y que se enriquecían con las exportaciones de bienes producidos en la isla. La estrategia de distanciamiento era, sin lugar a dudas, una buena manera de hacer que la desigualdad resultara más digerible. En cualquier caso, no logró evitar la revuelta ni la expropiación.

Grano de Sal

Grano de Sal es la editorial de Tomás Granados Salinas, dedicada a difundir obras de vanguardia sobre temas de actualidad en ciencias (sociales y naturales), humanidades y artes.

Capital e ideología

Capital e ideología es el nuevo libro de Thomas Piketty en la editorial Grano de Sal. Fecha de publicación: Marzo de 2020. Traducción: Daniel Fuentes.

Thomas Piketty

Thomas Piketty es profesor en la Paris School of Economics y director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales.