Lo que al país le urge

El paciente entró a consulta con la cabeza hecha marañas. Ya había estado ahí seis años antes, y seis años antes también, y seguramente hacía más de diez y ocho que se repetía la historia, pero poco interesaba al experto y al paciente revisar los archivos que a estas alturas se habrían convertido ya en libros de historia. Uno seguiría yendo a terapia, mientras el otro seguiría cobrando. Darlo de alta no era negocio.

Nunca le daba seguimiento al tratamiento. El entusiasmo con el que terminaba la sesión le hacía creer que no sería necesario volver, hasta que el tiempo le demostraba lo contrario. Cuando la emoción desaparecía y la realidad volvía a golpearle en la cara se hacía todo tipo de preguntas, si el profesional de la salud mental era realmente bueno, o si la vida había conspirado en su contra. Mientras esperaba su turno miraba con recelo a los otros pacientes. Aludía la larga espera a un prejuicio en su contra, quizá era por su color de piel, talvez la forma en la que hablaba o como vestía, pero era incapaz de reconocer que en realidad se debía a que había llegado, como siempre, tarde a la cita. Si alguien más se lo hacía notar, entonces respondería con datos sobre el transporte público, la lluvia o el desquiciante tráfico de su ciudad.

Los problemas de este señor no eran muy distintos a los de los demás. Cargaba con el peso de fantasmas que idealizó y nunca conoció, renegaba de sus ancestros más cercanos y por lo tanto era incapaz de entenderse como el resultado de todo ello, lo que le gustaba y lo que no. Soñaba despierto con tiempos mejores que nunca existieron. Era de memoria corta y selectiva. Como regresaba sólo cuando las cosas estaban ya muy mal, era incapaz de ver en él algo bueno que valiera la pena rescatar. Y así volvía a reinventarse cada vez que regresaba a terapia, como si en la sesión hubiera descubierto algo nuevo, olvidando que ese diagnóstico ya se lo habían dado, una y otra vez.

Esta vez las cosas serían distintas. Estaba seguro. Se lo había dicho a sí mismo y eso tendría que ser suficiente. Hizo una nueva cita con alguien distinto que esta vez sí podría ayudarle, le entendería. El despertador sonó temprano pero lo apagó para poder dormir cinco minutos más, y luego otros quince. Apostó que la doble dosis de perfume haría las veces de jabón. Tomó el diario de su vecino, no porque le gustara leerlo, sino porque disfrutaba verlo furioso buscarlo hasta el cansancio y sospechar de los demás. En la esquina escupió el chicle que lo mismo fue desayuno y cepillo de dientes, sonrió orgulloso al ver que su rutina mañanera ya marcaba con una extraña figura su territorio, su banqueta. En el transporte una riña lo obligó a moverse de lugar, no quería que sus zapatos se mancharan de sangre. Llegó al consultorio, tarde otra vez. Empezó a odiar a quienes esperaban con él, asumió que los recibirían antes. Finalmente entró, juzgó al doctor, escupió sus males, culpó a los demás, escuchó el mismo diagnóstico y decidió que pagaría la cita con un cheque sin fondos, para que supieran lo que se sentía.

Sí, a nuestro país le urge terapia, pero de nada le servirá si no se reconoce como el único responsable de sus problemas.

Pamela Cerdeira

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana

Columna invitada

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana. Conduce el programa "A Todo Terreno" en MVS Radio. Ha escrito para diversas publicaciones y trabajado en distintos espacios en radio y televisión.