Cuando hace 20 años entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), era entendido como un primer paso hacia una integración mucho mayor a la vuelta de las décadas.

La realidad es que, con todo este tiempo transcurrido, lo que tenemos es un exitoso acuerdo comercial para la mayoría de los sectores involucrados, sin duda muy positivo para los consumidores, pero todavía muy lejos de pensar en una región homogénea norteamericana.

México se planteaba hace dos décadas como un mercado de mano de obra barata para las manufacturas estadounidenses, con energéticos suficientes para sostener esa maquila y la cercanía suficiente para abaratar los costos de transporte que implicaban las manufacturas asiáticas.

La realidad se encargaba en aquel 1994 de poner a México en su lugar: la parafernalia del levantamiento zapatista, el asesinato de un candidato presidencial y el resto de las turbulencias políticas que hicieron crecer la semilla de la crisis que ahí estaba, esperando el abono de la inestabilidad.

La crisis financiera de 1995 implicó paradójicamente grandes beneficios para la región norteamericana.

No me queda duda de que la gran crisis desatada en diciembre de 1994 fue el motor definitivo para que el TLCAN tuviera éxito a lo largo de los siguientes años.

La devaluación de la moneda mexicana de niveles cercanos a los tres pesos por dólar para subir hasta niveles de seis, siete u ocho pesos por cada billete verde implicaron una de las grandes pérdidas de poder adquisitivo de la que tengamos recuerdo.

Pero, al mismo tiempo, garantizó la mano de obra barata suficiente para maquilar a unos metros de la frontera cualquier cantidad de mercancías que podamos imaginar.

Además, cuando el entonces Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, se brincó a su Congreso para poner a disposición de México 50,000 millones de dólares, lo hizo con una garantía bajo el brazo: las cuentas petroleras.

Si México no pagaba, el producto de la venta del petróleo si iba directamente a las reservas del Tío Sam. ¡La garantía energética bajo el brazo!

Para finales del siglo pasado, las tasas de crecimiento de las exportaciones eran impresionantes, pero nada más. No se acompañó ese fenómeno comercial con el resto de las medidas que complementaran la buena fortuna del libre comercio.

A 20 años de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ya no es México el único mercado libre para Estados Unidos: hay mano de obra barata y calificada en otros países no tan lejanos y tienen los energéticos suficientes para no extrañar tanto el petróleo mexicano.

México tiene hoy más pobres que hace dos décadas. Los niveles de desarrollo son abismales; por lo tanto, homologaciones en otros terrenos como el laboral o el financiero son imposibles.

Por eso es que, si México quiere un acuerdo para otros 20 años, tendría que hacer compromisos muy fuertes en materia de respeto a las leyes. Y de ahí partir al resto.

La realidad es que el TLCAN fue una fortuna para este país, el cual encontró un mecanismo de crecimiento económico que no se hubiera dado de otra manera.