Una impronta sobresaliente del nuevo gobierno es la concentración del poder. No está aún clara la motivación a largo plazo, aunque es fácil suponerla. Hemos atestiguado el debilitamiento, inutilización o desplazamiento a la irrelevancia de organismos autónomos del Estado en materia de energía, hidrocarburos, transparencia, información y estadística, evaluación de la educación, y competencia. Igualmente, ha sido del dominio público la intención de someter a los gobiernos de los estados a través de procónsules que controlarán una buena parte de las aportaciones federales, y que sólo rendirán cuentas al presidente de la República. El Poder Legislativo yace también en sus manos, con una virtual mayoría calificada obtenida a partir de la captura de pequeños partidos satélites o paraestatales (PES, PT, Verde, MC). La entrega del antes poderoso PRI a la nueva hegemonía es épica y vergonzante; hoy ha sido cooptado y subsumido en la voluntad omnímoda del presidente que domina en ambas cámaras. El PRD es ahora sólo un resabio insípido. Con el desmoronamiento del PAN, su división, la extinción de verdaderos liderazgos, su adaptación y acomodo al régimen, y su inanición programática, se completa un escenario de práctico totalitarismo. No existen voces de oposición ni disidencias significativas. Se abre un vacío gigantesco en la democracia mexicana, que en ausencia de oposición, se encamina sin remedio a una antes impensable regresión autoritaria. Por su parte, el Poder Judicial se adapta, y es reconfigurada la Suprema Corte con personajes adictos al régimen. Pronto quedará sometida.

El empresariado organizado (salvo la honrosa excepción de Coparmex) se ha plegado al poder, esperando no contravenirlo, conservar así oportunidades en licitaciones y mercados, participar en proyectos faraónicos (por más fantasiosos e irracionales que sean: refinería, Santa Lucía, Tren Maya), y evitar represalias fiscales o regulatorias. En general, ha dejado de ser una voz documentada, incisiva y visionaria. Le gana el corto plazo; también se acomoda, aplaude y celebra. Incluso celebra que se infiltre a las empresas con “aprendices” seleccionados y adoctrinados por el partido en el poder, como caballos de Troya. Lo perdemos. En realidad, así, cava su tumba como contrapeso, motor de la economía, e indispensable poder real.

Las motivaciones del régimen se revelan con claridad al construir una gigantesca red de relaciones clientelares, donde millones de individuos y familias quedarán sometidas a la voluntad del presidente; perderán su autonomía y caerán en la dependencia y el paternalismo. Serán la base electoral incondicional del poder, que asegurará su permanencia y perpetuación. Con un colosal programa de subsidios a jóvenes, estudiantes, personas de la tercera edad, discapacitados, agricultores, etcétera, el régimen compra la lealtad de un importante segmento del electorado. (¿Dónde hemos visto esto antes?). En Venezuela estaba disponible una cuantiosa renta petrolera para financiar subsidios masivos con motivaciones político-electorales. En México no. Por ello, el régimen ha emprendido recortes y despidos masivos en la Administración Pública Federal, con una justificación (coartada) de ahorro y austeridad. Miles de empleados y trabajadores han sido echados a la calle, otros han renunciado o pedido jubilación anticipada ante una disminución humillante de sus salarios. Aunque una administración pública acotada y eficiente es esencial en una nación exitosa, aquí se le desmantela de manera compulsiva, sin racionalidad alguna, con el sólo propósito de transferir presupuestos a los programas clientelares de subsidio. Muchos huecos dejados por personas altamente capacitadas son llenados con incondicionales del régimen, sin preparación ni experiencia. Es la lumpenización de la administración pública.

Se crea una formidable fuerza paralela a las Fuerzas Armadas (Guardia Nacional), militarizada y bajo el mando directo del presidente. La delincuencia en México ha creado una enorme base social muy extendida en pueblos, comunidades rurales, y zonas suburbanas. Es el pueblo “bueno y sabio” con el que el régimen condesciende, al que tolera y perdona. No se les va a perseguir, tampoco a los capos del crimen organizado. Habrá amnistía y subsidios para todos; sólo hay dinero y admoniciones moralistas para ellos. También con ellos, de esta forma, se construyen estructuras de lealtad al régimen.

Se demolerá la reforma educativa, se eliminará la evaluación como instrumento meritocrático de desarrollo profesional y permanencia en el sistema docente. Así se compra la lealtad de un poderoso sindicato con más de 1 millón de afiliados (SNTE), y la complicidad de una mafia subversiva y buscadora de rentas (CNTE).

Toda esta infraestructura clientelar se construye en el contexto de un gobierno sin más brújula que el poder mismo en nombre del “pueblo”, sin una visión coherente de país, y que actúa en función de decisiones y ocurrencias cotidianas más o menos costosas y más o menos irracionales. Muchos lo festejan. Hay que leer Sumisión de Michael Houellebecq.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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