La reunión fue inédita e importante. No había manera de dejar eso dentro de los muros del Salón Presidentes de la Residencia Oficial de Los Pinos, sobre todo cuando había varias decenas de periodistas ávidos de la nota.

En este encuentro, el presidente Enrique Peña Nieto cosechó algo poco común: felicitaciones por abrirse a un ejercicio de comunicación de este tipo.

La razón para convocar no era poca cosa. Los incrementos en los precios de las gasolinas y las decisiones fiscales asumidas por el gobierno para paliar la volatilidad eran más que suficiente para la convocatoria.

De todos los datos expuestos por el presidente, el secretario de Hacienda, el titular de la Secretaría de Energía y el director de Pemex, me quedo con uno que refleja por qué las gasolinas son sinónimo de fuego en la pradera política del país. En México nos hemos vuelto adictos a estos combustibles.

Resulta que México es el cuarto país del mundo con mayor consumo de combustibles per cápita, sólo por debajo de nuestros dos (todavía) socios del norte y Australia.

Esto es nuevo porque México inició con esta fase intensiva de la adicción a los combustibles en los años recientes, en buena medida porque hay la recuperación del poder de compra, junto con una serie de políticas que permitieron el aumento de la venta de autos nuevos que incrementaron el consumo.

En un país donde históricamente se habían cuidado los precios de las gasolinas para no molestar políticamente a nadie, había un perverso incentivo para consumir grandes cantidades de combustibles a precios subsidiados.

En este país se consumen todos los días 190 millones de litros de combustibles y el verdadero problema es que sólo hay reservas para tres días.

Como he insistido tantas veces en este tema de la liberación de los precios de las gasolinas, se trata de una medida adecuada pero aplicada en el peor momento posible y el costo es alto.

La determinación gubernamental tras el impacto inicial tenía un péndulo de opciones. Desde dejar las cosas como estaban y que el mercado y los opositores se encargaran del resto. O en el otro extremo regresar a los precios subsidiados con recursos públicos y entonces atenerse al castigo de los mercados.

La salida elegida ha sido matizada con el eufemismo de la suavización del impacto. Es el establecimiento de una banda de ajuste diario del impuesto especial lo que permite que los precios no fluctúen más allá de 3 centavos al día.

Es como un sistema de estabilidad electrónica de un auto. Si la curva es cerrada, compensa las fuerzas de las llantas para evitar la volcadura. Y si un día logran que los precios no suban de golpe un peso, consiguen el margen necesario para que al día siguiente no bajen de forma drástica y eso se reserva para mantener la línea de flotación.

Hay un abuso en el consumo de combustibles y una mala costumbre de que se subsidien. Y ambas prácticas deben cambiar.

Si alguien en la calentura electoral le promete bajas en los precios de las gasolinas, le está mintiendo y si lo hace nos metería en problemas financieros a todos.