En El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura narra magistralmente la purga que hizo Stalin en su gobierno para deshacerse de todos los enemigos internos.

Da escalofríos. Stalin decía: ¡finalmente encontramos a los enemigos! ¡Ellos son los que provocaron el incendio en la fábrica que ardió hace dos días! Y claro, quién se iba a oponer a su castigo. Tanto tiempo creyendo-sabiendo-intuyendo que alguien estaba detrás de los problemas del país y finalmente salía el gobernante, el que había elegido el pueblo, a decir que había descubierto a los saboteadores del progreso. Un incendio en una fábrica se convertía en un juicio nacional que saldaba cuentas con el pasado y con los enemigos de la nueva realidad soviética. La gente aplaudía. Cualquiera habría aplaudido… no había datos alternativos. Bastaba su palabra y un enemigo.

En democracia, la palabra de un gobernante no es suficiente: hay medios de comunicación que pueden contrastar datos en libertad, hay partidos políticos con acceso a información oficial, oposición en espacios legislativos, participación ciudadana y control judicial, entre otras cosas. Pero a veces, los partidos son cómplices, los congresos tienen mayorías apabullantes, los tribunales están cooptados, la participación ciudadana está dirigida y los medios de comunicación luchan por acomodarse en contextos económicos adversos.

En esos momentos, lo que puede funcionar es la mentalidad científica. Esa de la que carecemos, que consiste en someter a prueba las hipótesis de quienes se animan a formularlas, sin importar si es Einstein o un gobernante. Necesitamos esa actitud. Esa que hace preguntas todo el tiempo, formula hipótesis, contrasta y busca demostración de esas hipótesis. Bien, el malo es un enemigo del proletariado que incendió la fábrica. ¿Cómo lo hizo? ¿En dónde estaba? ¿Con qué objetivos? ¿Hay pruebas para corroborar su participación? ¿Se puede formular un escenario alternativo en donde el incendio fuese provocado por un corto circuito? ¿Se puede desechar con certeza ese escenario alternativo?

Pongo como ejemplo el incendio porque es un caso verídico utilizado por Stalin para culpar a Trotski y a otros ex camaradas, no sólo sin pruebas, sino contra toda lógica. Y pongo a Stalin como ejemplo porque queda ya demasiado lejos en el tiempo como para pensar que tengo un interés ideológico en contra de un régimen.

Y concluyo. Lo único que puede combatir las afirmaciones del poder (encontramos a los malos, ya tenemos un enemigo, sabemos en dónde están los que se hicieron ricos, hay fuerzas que buscan la aniquilación de los anhelos del pueblo) es el escepticismo. El sano, es decir, el científico. No el que descree por método y hace a un lado las evidencias porque ni le importa averiguar, sino el que hace preguntas para que las afirmaciones se documenten y la verdad se fortalezca. 

(Este artículo puede ser leído hoy, el año pasado y después. En este o en otro lugar, con este o con otro gobernante)

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.