Dejemos de lado la ausencia del lenguaje incluyente en el “debate” presidencial. Al parecer, sus participantes no entienden el concepto de igualdad de género ni la importancia de dirigirse a toda la ciudadanía. El hecho es que las ciudadanas, en nuestra diversidad, fuimos las grandes ausentes, lo mismo que las poblaciones LGBTTIQ, campesina, con discapacidad, e indígena.

Se habló de nosotras en la sección sobre grupos en situación de vulnerabilidad (no “grupos vulnerables”) y en algunas de las exposiciones sobre seguridad. Zavala mencionó feminicidio y violencia de género, y al final, aseguró que abriría el camino para que todas las mujeres quepan. Sin embargo, no escapó a la visión victimista que, en general, las situó como víctimas (de hecho o en potencia) de la violencia machista, la trata, la desigualdad salarial, o la falta de seguridad social, que algún otro también mencionó. Por fortuna no ofrecieron salarios rosas ni hablaron de “jefas” o “luchonas”. Rodríguez pretendió justificar su lenguaje (y visión) machista. López Obrador al menos aludió a “mujeres libres”.

No es que el feminicidio no importe o que no haga falta prevenir y castigar esa violencia, de manera “implacable” planteó Zavala, con una fiscalía, empezó a explicar Anaya, sin retomar el tema tras ser interrumpido. Tampoco es irrelevante la vinculación de la trata con el crimen organizado, que enunció Meade. No. El feminicidio, la trata y la desaparición de niños y niñas (mencionada también por Zavala) son problemas muy graves, urgentes, que afectan a millones de mujeres y niñas. Aun quienes no los han sufrido de cerca temen por sus seres queridos, o por ellas mismas, y viven con menos libertad. A diario la mayoría de las mujeres padece algún tipo de acoso, discriminación o violencia. Por eso, el prometido combate a la impunidad debería haberse vinculado claramente con esta violencia de género que poco se investiga y menos se castiga, y no sólo con la corrupción.

Lo que es llamativo, y grave, es que quienes pretenden ganar la Presidencia olviden que las mujeres somos 51% del electorado y no sólo “víctimas en potencia”. Somos ciudadanas y queremos que nos traten como tales, no como entes pasivas que esperamos protección del Estado. Si hemos ganado derechos ha sido por exigencia, no por concesión.

A muchas mexicanas les importa que se exponga una estrategia clara contra la violencia, que no pase por la militarización ni la impunidad del crimen organizado, que favorecen la violación y el feminicidio y la desaparición. Muchas han pedido una Fiscalía que sirva para que el dinero público destinado a programas sociales no se desvíe y para que se castiguen las graves violaciones de derechos humanos cometidas por y bajo gobiernos corruptos. Quieren saber con qué medidas concretas se garantizará el ejercicio de los derechos humanos de todas las mujeres, incluyendo los derechos sexuales y reproductivos, y el derecho a la igualdad sustantiva de la población LGBTTIQ y las personas con discapacidad. Muchas también se preguntan qué oportunidades de trabajo, educación y cultura puede esperar la juventud, cómo se combatirá la pobreza y la desigualdad (las vaguedades de López Obrador no bastan); qué proyecto de nación se propone a las comunidades indígenas y campesinas, y qué lugar tienen en este país la población migrante que busca el Norte, o nuestra diáspora vapuleada en EU.

Todos estos asuntos, relacionados con la impunidad, la corrupción, las políticas de seguridad que privilegian el uso de la fuerza, la falta de respeto a los derechos humanos y a la laicidad del Estado, importan y afectan a quienes habitamos este país. Las mujeres estamos expuestas a formas particulares de violencia y discriminación, pero eso no disminuye nuestra capacidad de ejercer la ciudadanía, pese a los obstáculos.

Quizá cuando se den cuenta de que somos ciudadanas, quienes aspiran a la Presidencia empiecen a pensar en derechos humanos, igualdad sustantiva, seguridad ciudadana y humana, diversidad, inclusión, y otros conceptos del siglo XXI.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).