Para muchos es cierto eso de que cada sociedad tiene el gobierno que se merece. En nuestro sufrido país los gobernantes no actúan como mandatarios que son y normalmente hacen lo que les viene en gana, sin avisar y mucho menos pedir permiso.

Producto de sus caprichos, poco a poco nos hemos ido llenando de instituciones y burocracias, con sus efectos resultantes, como son necesidades de presupuesto crecientes, para dedicar su tiempo, supuestamente de trabajo, a pensar qué hacer para perpetuarse en el cargo y de preferencia buscar la forma de establecer candados para evitar que llegue alguien con ideas diferentes e intente cambiar.

Así las cosas, hemos comentado en este espacio lo difícil que será adecuar el funcionamiento del sistema económico para que funcione mejor, sea más eficiente, más productivo y por ende que sea más barato y remunere mejor a quienes trabajan.

En economía del bienestar se afirma que cuando el sistema funciona en competencia y no hay ningún agente que pueda controlar precios, los recursos de la sociedad se asignan y usan de manera óptima, generando un estado de las cosas en el que difícilmente se pueda cambiar algo para mejorar a alguien, sin que otro por ahí empeore.

Esto no es posible decirlo en nuestra sociedad actual, en la que sí se pueden encontrar muchísimos ejemplos de cosas que se pueden cambiar y cómo ese cambio mejoraría a muchos, si no es que a toda la sociedad.

Con el sistema político que padecemos las cosas funcionan casi exactamente al revés; los nuevos funcionarios llegan a cambiar cosas para empeorarlas, no para mejorarlas. El asunto se vuelve peor cuando en sus cambios propuestos no desaparecen o eliminan políticas, instituciones o acciones mal diseñadas, sino que solamente se abren nuevas instituciones, se contrata más gente, o se inventan ventanillas paralelas.

Hoy que estamos en tiempos electorales, los discursos de los interesados suenan vacíos, con lugares comunes y aspectos tan trillados, que es preferible escuchar un argumento de telenovela que correr el riesgo de caer dormido en algún acto político. Hablan de honestidad sin ocuparse en limpiar su espacio ni investigar el pasado de quienes han llevado a colaborar con ellos.

Ya van a empezar las campañas en forma y con ello veremos la guerra sucia que cada partido emprenderá contra los demás, como si eso solucionara algo.

Por el bien del bienestar futuro, no merecemos estos políticos.

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