No me queda claro si el 1 de diciembre de 2018 Pemex ya era un zombi. Presentaba síntomas: ni sus operaciones eran particularmente rentables, ni era candidata a una liquidación o a un takeover. Pero en aquel momento aún se veían alternativas para que la empresa del Estado fuera productiva. Pemex, de acuerdo tanto con la Administración entrante como con la saliente, aspiraba a más que alimentarse de un interminable refinanciamiento (rollover) de deuda y rescates del gobierno y acechar al resto de los participantes del sector energético mexicano.

Estas aspiraciones se han desinflado. En lo que va del año, Pemex registra pérdidas que ya superan los 20,000 millones de dólares. Y en sus metas operativas tampoco ha sido particularmente productiva: los campos que se esperaba que pudiera aprovechar sin declinar, como el gigante Maloob, ya van a la baja; sus 17 campos prioritarios no logran despegar (algunos ni arrancar); sus refinerías existentes no se logran recuperar.

Después de una transformación así, una empresa normal no tendría mucho futuro por delante. Pero Pemex no sólo es soberana, sino que parece estar más allá de la vida y la muerte. La combinación de inyecciones de capital por parte del gobierno federal, las tasas de interés bajas a nivel global y el respaldo explícito del presidente López Obrador han hecho de alimentar a Pemex toda una industria. Muchos inversionistas, de hecho, calculan que financiar los rollovers de la deuda de Pemex con tasas de interés ligeramente crecientes es un gran negocio con relativamente bajo riesgo. En el mundo financiero, el concepto está de moda: es alimentar a un zombi.

Hay muchos estudios que analizan los impactos de la ‘zombificación’ de las empresas de un país. Como explicó The Economist la semana pasada, la perdida de competencia y competitividad es evidente. El empeoramiento y encarecimiento de los bienes y servicios es la segunda derivada. ¿Pero qué significa que la empresa más importante y ‘soberana’ del país sea un zombi?

Simbólicamente, es terrible. ¿Qué clase de país somos para tolerar que nuestra principal empresa, bajo custodia de nuestro gobierno, se haya convertido en un zombi? Pero también hay efectos pragmáticos. Desde que los bonos de Pemex perdieron el grado de inversión, las especulaciones de downgrade soberano han incrementado dramáticamente. El merodeo inconsciente de Pemex en distintos puntos de la cadena de valor claramente no es inofensivo. ¿No han visto la larga serie de incidentes de seguridad en las refinerías? ¿No escucharon al presidente decir que los reguladores le tienen que abrir paso a Pemex para que deambule sin traba alguna? ¿O los rumores de que Pemex estaría dispuesta a ofrecer precios debajo de costos para desplazar a su competencia? Buena parte de sus operaciones, además, se han vuelto tóxicas. Quizás el hecho más revelador sea el que Bloomberg recientemente documentó: Pemex se ha vuelto la empresa que más empleados ha contagiado con Covid-19 en todo el mundo.

En cualquier caso, los cánones literarios señalan que los zombis no son vampiros – no pueden vivir eternamente. Es cierto que, por ahora, los paquetes de ayuda financieros provocados por la pandemia son alimento de zombis. Pero ¿qué pasaría si las tasas de intereses van al alza, encareciendo el tan preciado sustento de zombis? ¿Y qué tanto se puede sobrevivir a los cazadores de zombis contaminantes que, bajo la cruzada del ESG, empiezan a apuntar fuerte a los zombis más grandes del mundo?

Todo esto se lee como una tragedia. Pero quizás sea irrelevante. Al final del día, quienes definen nuestra soberana realidad siguen creyendo que se puede decretar que un zombi regrese a la vida.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell