En días pasados, diferentes empresas transnacionales de distintos rubros anunciaron la suspensión de operaciones en Rusia, como parte del boicot promovido ante las acciones de Putin en el ataque a Ucrania. Transnacionales de tarjetas de crédito, calzado, ropa, tecnología, cosméticos y artículos de lujo, fueron anunciando diferentes medidas en las que algunas suspendían completamente su actividad en Rusia, y otras cancelaban la producción de ciertos productos.

La presión pública para que algunos gigantes de la restauración como McDonald's y Starbucks suspendieran sus actividades en Rusia no se hizo esperar. Desde que en 1990 se inauguró el primer McDonald's ruso en la plaza Pouchkine de Moscú, la historia de la presencia de este gigante de la restauración en Rusia no ha estado exenta de polémica. No hay nada más poderoso y simbólico de que Rusia entraba a una economía de mercado globalizada, que la presencia de una cadena de fast-food de origen estadounidense en territorio moscovita. McDonald's representa para muchos, no sólo en Rusia, un modelo en el que se estandariza la alimentación por medio de un producto hecho más o menos de la misma manera, no importando en qué parte del mundo se consuma. Algo que hasta hace algunas décadas era impensable.

Además de McDonald's, compañías como Coca Cola, Pepsico y Starbucks anunciaron también algunas medidas de suspensión parcial o total de sus actividades. Para muchos, estas medidas eran necesarias para establecer no solamente un posicionamiento sobre la intervención a Ucrania, sino también, para que los ciudadanos rusos poco enterados de lo que está pasando en sus fronteras, pudieran enterarse por medio de la falta de productos de consumo del día a día. Algunas compañías no suspendieron la fabricación de productos considerados de primera necesidad, como la leche en polvo. Otras anunciaron que el pago a los empleados seguirían aunque la producción se suspendería.

Históricamente, la presencia de cadenas de comida rápida de origen estadounidense ha provocado ciertas resistencias entre los líderes rusos. El modelo de comida rápida no implica solo a la comida: representó para muchos ciudadanos rusos el espacio social público que no podían procurarse en restaurantes (muchos de comida rusa) de precio más alto. Poder comer una hamburguesa o probar un refresco por primera vez, son recuerdos que están anclados en muchos de los adultos rusos que vivieron la caída de la Unión Soviética. Ante la importancia que esto estaba generando en el imaginario colectivo, existieron intentos rusos por competir en presencia con una cadena de comida rápida. Existió un proyecto muy polémico liderado por dos cineastas rusos de renombre, con muy poca experiencia en el negocio de la restauración, pero con mucha cercanía al poder.

Los intentos no llegaron a tener buen posicionamiento entre la población, que hoy a través de estos cierres, se da cuenta de lo que está pasando en Ucrania a pesar del manejo mediático al interior del país. El tema de los cierres de transnacionales, es que finalmente no se afecta solo a la cabeza de la cadena, sino a toda la población que trabaja en las cadenas de proveeduría y distribución para estas cadenas. Sin duda, en un mundo globalizado es cada vez más difícil acotar que las afectaciones o beneficios de una acción sólo afecten a un grupo de población específico, sin tener efectos colaterales graves para todos.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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