Es frecuente que cuando uno tiene hijos pequeños y no saben nadar, uno se mantenga alerta, porque entre una cosa y otra, siempre acaba un chamaco en el agua de la alberca. Y ahí va uno velozmente a tirarse con todo y cartera en el pantalón a sacarlo lo más rápido posible.

El niño sale tosiendo del agua que tragó y todos nos llevamos el susto y les reiteramos a los demás que no se acerquen a la alberca, porque vean como se puso Juanito y ya está llorando del susto.

A continuación vamos por una toalla para el arrojado que sacó al niño. Y comentamos todos: que bueno que reaccionó rápido. Que bueno que alguien estaba pendiente. Que suerte que lo sacó rápido. Y, mientras el que se seca habla, suele decir, híjole que susto me puso ese chamaco, hay que estar pendientes porque ya saben que estos niños no saben de obedecer y hasta que no les pasa, hasta ahí aprenden.

Claro que el hecho era evidente, y uno agradece que ante la existencia de un posible accidente hubiera alguien que haya reaccionado rápidamente.

Ese mismo salvavidas sin embargo, jamás se atrevería a presumir, su velocidad, su presteza, su agilidad, su valentía, la forma en la que se clavó en el agua y la manera en la que sacó al niño velando en todo momento por su respiración, no lastimarle un pelo y su inteligencia para atender en conjunto la crisis que pudiera haberse avecinado si no hubiese actuado cómo lo hizo.

En el muy improbable caso de que uno fuera el escucha de frases como las dichas líneas arriba, consideraría a aquella persona como un vanidoso, ególatra, rayando en la locura, que nos querría demostrar que es superior en muchos sentidos a los presentes y que poco menos que el mundo no podría existir o las cosas no se resolverían sin la endiosada presencia de aquél y en este punto, ya francamente darían ganas de quitarle la toalla y que quedara empapado el resto del día, por lo menos, sino es que todos los presentes comenzaríamos a burlarnos y a tratarlo de mamón.

Pues exactamente el presidente acaba de presumir, durante la semana pasada, que si él no hubiera sido presidente ahorita Pemex estaría quebrado; CFE en destrucción; hubiera habido más muertos por la pandemia y México estaría en una grave crisis económica, política y de seguridad.

El problema, en primer lugar, es que ninguna de esas cosas es cierta, porque si estamos en una crisis de seguridad, económica y política y como si se hubiera tirado por el niño que cayó en la alberca, presume que lo salvó y lo hizo de la mejor y más profesional manera posible.

Lo malo es que nunca vimos al niño caer a la alberca y peor aún sólo oímos a un ególatra presumir mentiras que, por lo que puede verse en números, datos oficiales y declaraciones de empresarios, expertos en seguridad, medios extranjeros, y gobernadores de oposición comprueban que el niño está tirado y ahogado, dentro de la alberca. Nada más, pero nada menos tampoco.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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