Es posible que nos pase desapercibida, entremezclada entre la docena de novedades que Netflix nos arroja cada vez que activamos la aplicación. Y, sin embargo, Siete Segundos, no merece ser una más.

Uno, porque está basada en una película rusa de 2013: El mayor de Yuriy Bykov. En la película, un policía conduce apurado hasta el hospital donde su esposa va a dar a luz, cuando en un parpadeo un niño cruza un paso peatonal en su camino. El policía no alcanza a reaccionar y lo arrolla. El niño muere. El policía se ve en una disyuntiva: o se confiesa culpable y va a la cárcel, abandonando a su mujer e hijo recién nacido, u oculta su crimen y sigue libre. En la cinta de Bykov, todos los personajes se enfrentan a dilemas similares que van torciendo sus vidas y la trama.

Dos, entra a colación Veena Sud, productora canadiense responsable de trasladar series exitosas como la danesa The Killing a la televisión estadounidense. Sud conoce el pulso de un policíaco, sabe construir tramas que se sostienen en la compleja psicología de sus personajes. No es el tipo de vehículo para una estrella que espera protagonizar todos los capítulos y lucirse. Es el tipo de serie donde todo el elenco debe funcionar, porque todos importan.

Tres, porque el segundo episodio de Siete Segundos fue lo último que dirigió el gran Jonathan Demme antes de morir. Un episodio afilado e intenso, en que es casi perceptible, en un sentido en que mucha televisión carece de ello, el trabajo de un director que sabía cuidar la intensidad dramática de cada escena.

Cuatro, Siete Segundos (quizá como The Killing) es una serie difícil de clasificar. ¿Es un policíaco, un thriller de procedimiento, un drama urbano? Por momentos parece que ambiciona convertirse en heredera contemporánea de The Wire, pero la serie criminal de HBO creada por David Simon y una docena de brillantes escritores policiales, está fuera de su alcance. Pero no puede culparse a Sud de eso, es una ambición muy válida. Los dilemas morales del justiciero culpable, de las víctimas, de sus familias, colegas, del mismo sistema de procuración de justicia que debe investigarlo, son todos ellos universales. No tienen tanto que ver con las realidades de cada país, sino con los abismos morales dentro de los seres humanos.

Cinco. Siete Segundos quiere hacer una declaración política: Insertar su dilema moral, que en principio no es tan distinto del planteado por Bykov en su película, en una realidad muy particular al sistema judicial estadounidense: Un país dividido por la violencia, la corrupción, el racismo, la drogadicción y los políticos oportunistas. La premisa de Bykov es tan universal que aplica tanto para la realidad rusa de su película como para la estadounidense sacudida por la crisis de Black Lives Matter. Ese movimiento que devino en hashtag después de que George Zimmerman fuera absuelto por matar a Trayvon Martin, un adolescente de raza negra (caso que ya abordé en este espacio). Un movimiento que causó crisis nacional después de los sucesos de Ferguson, para después establecer una conversación nacional sobre la discriminación en el sistema judicial. Y ese es el marco que elige Sud para insertar la historia, y paradójicamente el único sitio donde por momentos cojea al borde del panfleto que ironiza la premisa constitucional de la justicia para todos. En realidad la premisa de Bykov funcionaría por igual en una versión mexicana o brasileña.

Seis, porque quizá lo mejor que puedo decir de Siete Segundos, es que es absorbente, que te lleva a pensar en ella hasta en las horas que no dedicas a la pantalla. Que mientras me recetaba sus diez episodios, no vi otra cosa, y me descubría pensando en la reacción de tal o cual personaje, en lo que yo hubiera hecho, en lo que sucedería si tal o cual hubiera actuado de otra manera. Las líneas dramáticas no son predecibles. No es una de esas series que se devoran en tres días, dejándolas correr en un fin de semana obsesivo y agotador, quizá hasta funciona mejor dosificada a uno dos episodios diarios y después dejar el resto del tiempo y la noche en vela, para asimilarla. En un mundo digital donde la atención del espectador es la mercancía más codiciada, Sud y sus nueve veteranos directores de la primera temporada (¿acaso habrá más?) hicieron un gran trabajo.

Siete, porque así como la serie se atreve a hacer preguntas difíciles, también entiende que no hay respuestas fáciles, ni héroes ni antihéroes nítidos, no hay villanos de sombrero negro, ni conspiraciones maquiavélicas inexplicables, y en ese sentido se vuelve quizá más difícil de digerir, y es que nos resulta inevitablemente cercana, está llena de buenas intenciones, dolor, gestos conmovedores, mezquindad, fragilidad moral y psicológica, o sea: de todo aquello que vive y transita en todos.

Twitter @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).