Del gasto en inversión siempre cabe esperar beneficio social. Pero lo mismo no puede decirse con respecto al gasto social y el crecimiento. Urzúa ha enviado a los agentes económicos muchos y muy enfáticos mensajes de tranquilidad.

En materia de economía, la prioridad debería haber sido conseguir un crecimiento económico más rápido en el sexenio. No fue así y las pruebas son muchas. Una de ellas nos llegó recientemente en la presentación del presupuesto para el 2019. En la preparación de ese presupuesto, el privilegio es en favor del gasto social y en detrimento de la inversión para el crecimiento. ¿Es esto equivocado? Posiblemente sí, cuando la inclinación es tan marcada como en el presupuesto para el 2019. Del gasto en inversión siempre cabe esperar beneficio social en la forma de empleos y salarios. A diferencia, no puede decirse lo mismo del gasto social en lo que se refiere a sus implicaciones sobre el crecimiento. Hay en este asunto una asimetría muy clara.

Pero aparte de las repercusiones materiales está también el fenómeno de la psicología económica. El signo tan claro que ha mandado el presupuesto para el 2019 refuerza —si se quiere tan sólo de manera indirecta— la postura antagónica a los negocios y a las empresas que el régimen de López Obrador ya ha mandado en otras y reiteradas ocasiones desde que se proclamó su triunfo electoral.

En contrapartida, es cierto que en particular el secretario de Hacienda Urzúa ha enviado a los agentes económicos muchos y muy enfáticos mensajes de tranquilidad y concordia. También es imposible negar que lo mismo ha sucedido con el propio AMLO. Pero el problema se ha complicado por los mensajes contrapuestos y que, a juicio de quien esto escribe, han resultado muy perjudiciales y su efecto será difícil de erradicar aun con el tiempo.

¿Por cuáles razones el efecto de los mensajes negativos será difícil de borrar? La razón, de mucho peso, es que en algunos casos de innegable importancia esos mensajes han venido acompañados de acciones trascendentes. El ejemplo más sobresaliente de ese fenómeno, aunque no el único, fue el de la cancelación del proyecto para el nuevo aeropuerto. El efecto de esa acción ha sido tan negativo en razón de que los empresarios la han interpretado de una manera muy distinta a la administración morenista. Así, más que como resultado de una consulta popular, la han visto como lo que realmente fue: un acto unilateral y caprichoso sin ningún fundamento lógico.

Tal vez la cabeza de esta nota sea excesiva y no exista hasta ahora un sesgo propiamente al estancamiento. Pero al bajo crecimiento sí.

BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico