El mercado espera medidas definitivas.

Ahora resulta que todos quieren bonos y acciones de Italia y España. Bueno, no todos, sólo aquellos con nervios templados y que apuestan a que esta semana el Banco Central Europeo saldrá al rescate de la moneda única.

Ésta tendrá que ser la semana de los bancos centrales Una vez más. En este juego interminable de tratar de encontrar salidas a las crisis, se van turnando las esperanzas de los mercados en los que deberían aportar las soluciones.

Y así como hoy existe la expectativa de saber qué es lo que hará la Reserva Federal en Estados Unidos y el Banco Central Europeo en la eurozona, así otros actores han tenido antes los reflectores.

Por ejemplo, ¿cuántas cumbres europeas o mundiales no se han celebrado en el último lustro que prometían ser definitorias para terminar con los problemas financieros?

¿Cuántos planes gubernamentales no se han lanzado para contener los problemas, de deuda o fiscales, que prometen ser una estrategia determinante contra la crisis?

Hemos estado pendientes en el mundo hasta de elecciones legislativas internas que se ponen sobre la mesa como definitivas para el futuro financiero de los países.

Esto a la par de varios planes de liquidez, rescates a Grecia, a la banca española, recapitalizaciones del Fondo Monetario Internacional, etcétera.

Al final, todas las medidas acaban siendo paliativas de una crisis que sigue alimentando al monstruo del mercado que devora todos los recursos.

En Estados Unidos, por ejemplo, los dos planes de liquidez identificados como Quantitative Easing (QE) acabaron por alimentar mercados emergentes ante la búsqueda de buenos rendimientos para el dinero barato que suelta la Fed.

En Europa, hemos presenciado los innumerables rescates de Grecia, cada vez más drásticos, más dolorosos para la población, pero nunca hasta ahora definitivos y salvadores de esa economía para garantizar su supervivencia y permanencia en la zona euro.

Ahora, llegan dos nuevas promesas que se ponen a prueba esta misma semana.

La primera por orden de aparición llegó en voz de Ben Shalom Bernanke, quien hace un par de semanas dijo ante el Congreso de su país que la economía estadounidense está en proceso de desaceleración y que el tema fiscal es un asunto preocupante.

Sin dejar de echarle la culpa a los europeos y el contagio de su crisis, desde la Fed se acepta que la falta de acuerdos políticos para sacar adelante un plan inteligente de corrección del déficit fiscal puede provocar la entrada en vigor del plan de emergencia que, prácticamente, garantiza una nueva recesión.

Tras este diagnóstico angustiante, la promesa de hacer todo lo más que se pueda desde el banco central para mover la economía, ante el terrible escenario de tener una alta tasa de desempleo.

Las tasas están en cero, se han aplicado dos planes de liquidez (QE1 y QE2) y hasta se recurrió al mecanismo de posguerra del twist para cambiar plazos de la deuda y nada. O muy poco.

Por eso es que ahora el mercado espera ver qué puede sacarse de la manga la Reserva Federal, quizá un nuevo plan de liquidez enfocado al mercado hipotecario, quizá algo más creativo que eso o quizá una medida cosmética.

Sí existe el riesgo de que la Fed desilusione a los mercados y vengan fuertes correcciones.

Mientras tanto, en Europa, fue la misma ruta: el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, prometió que defendería con todo al euro, en momentos en que las economías de España e Italia son presionadas al borde de la quiebra y el rescate internacional necesario.

Las palabras del banquero central, interpretadas como un mensaje de Alemania, fueron suficientes para tranquilizar momentáneamente a los mercados en espera de saber, en el terreno de la realidad, de qué está hablando Draghi.

Y esa oportunidad ya llegó, hacia el final de la semana, en la reunión del banco central de ese continente.

Los mercados no aceptarán otra cosa que no sea un respaldo decidido a las deudas de estos países con una buena dosis de cobijo continental. Cualquier medida inferior podría acelerar el proceso de crisis de la moneda única.

Ya hablaron los banqueros, ahora, esta semana, hay que ver cómo plasman en la realidad las esperanzas que han levantado. Hacer menos implicaría, además del agravamiento de la crisis, una pérdida de la confianza en estas últimas islas financieras del mundo.

ecampos@eleconomista.com.mx