Para qué necesita España un imprevisible gobierno de progreso si ya hay progreso sin gobierno. El empleo sigue al alza, la economía crece y la prima de riesgo está en mínimos de la década. ¿Para qué necesita este país un imprevisible gobierno de progreso si ya hay progreso sin gobierno? Es posible que haya un punto de irresponsabilidad en la incapacidad de nuestros gobernantes para armar estructuras organizativas estables. Es posible que nuestras instituciones sufran una ligera jaqueca por la interinidad y que la imagen que trasladamos hacia el exterior no sea la más reconfortante. Pero hay algo en lo que se puede estar de acuerdo con Antonio Garamendi, el presidente de la CEOE: es mejor no tener gobierno que tener un mal gobierno. Y las expectativas de lo que ahora mismo se puede formar no son nada halagüeñas.

Entre la crisis y el altavoz de las redes sociales el nivel de indignación había crecido hasta el punto de sacar lo peor de nosotros mismos. El 15-M fue, como la primavera árabe, un gatillazo. Se entiende la indignación del que soporta las penurias, el cabreo de cientos de miles de jóvenes cuyas expectativas de encontrar un empleo se habían evaporado con el reventón de la burbuja. Se entiende la ira de quien sufre los recortes. Pero nada de eso justifica que uno se lance a los brazos del mismísimo Charles Manson. Por eso, una vez superada la crisis, es bueno que los datos favorables fluyan. Es bueno que antes de que se forme el próximo Ejecutivo, se calmen los ánimos, porque eso es lo que refuerza la condición moral de un país y da consistencia a la acción de gobierno. Lo que proporciona el clima necesario para construir consensos en los temas esenciales que arman la estabilidad de una nación y la preparan para el futuro.

La crisis provocó una infección y ahora estamos evacuando todos los males. Y, aunque resulte un poco pesado volver a las urnas, en octubre o noviembre este país estará un poco más preparado para encontrar opciones más consistentes o, por lo menos, habrá purgado algo más las inconsistentes, aquellas que se sitúan más allá de la realidad y que en estos momentos de inmadurez aún aspiran a alcanzar importantes cuotas de poder, creyéndose que ellos son los legítimos representantes del pueblo. Como de momento no es posible, ni va a serlo, un acuerdo del PSOE y Ciudadanos para formar una mayoría homologable, la mejor opción y la más barata es seguir votando.

La otra alternativa ya ha enseñado la patita, en forma de ministra de Hacienda en funciones. María José Montero está preparada para subir los impuestos agarrándose a ese oráculo que le dice que la presión fiscal es menor en España que en el resto de Europa y que debemos reducir ese diferencial para avanzar hacia un Estado de bienestar parecido al de nuestros vecinos. El problema es cuando el prejuicio ciega a la ministra. Montero quiere que ese diferencial lo paguen las grandes empresas, muy machacadas en este país por la filosofía rápida del analista de tasca. Las grandes empresas pagan más impuestos en España que en el resto de Europa y eso la ministra no lo quiere ver.

Ahora, la España de Pedro Sánchez, con los denostados presupuestos y reformas del caído Rajoy, crece más que el resto de Europa, crea más empleo y tiene un horizonte más despejado. Exactamente, ¿en qué queremos converger? Lo dicho; mejor volver a votar.

*Director adjunto de Expansión.