“En un fin de siglo poco heroico, vale la pena recordar que la revolución sandinista fue la culminación de una época de rebeldías y el triunfo de un cúmulo de creencias y sentimientos compartidos por una generación que abominó al imperialismo y tuvo la fe en el socialismo y en los movimientos de liberación nacional, Ben Bella, Lumumba, Ho Chi Minh, el Che Guevara, Fidel Castro”. Lo escribió Sergio Ramírez en Adiós muchachos (Alfaguara).

Ramírez, quien se presentó como compañero de fórmula de Daniel Ortega en las elecciones de 1994, hoy da un giro al pedir su renuncia: “Ortega no puede seguir matando impunemente y la gente no se va a acobardar” (El Mundo, 20 de julio).

De la revolución sandinista sólo quedan las balas. Daniel Ortega se ha convertido en un decrépito dictador y está dispuesto a convertir a Nicaragua en una Venezuela sin petróleo, donde si bien es cierto que no estallará una crisis alimentaria como en la nación de Maduro, sí lo hará una financiera.

Junto al panteón que patrocina el dictador nicaragüense, y en el que se estima descansan más de 350 personas desde abril, van apareciendo roces diplomáticos con países como Brasil o, incluso, México. El pasado jueves, el gobierno mexicano se comunicó al ministerio de Exteriores de Nicaragua para preguntar por dos periodistas desaparecidos, uno de ellos enviado por el periódico español El País, y Clara Zabludowsky.

La dictadura actuó con celeridad. Un automóvil con placas diplomáticas de México recogió a los dos periodistas que horas antes habían sido secuestrados por paramilitares de Ortega.

El dictador no se entregará a los brazos de organismos internacionales ni aceptará elecciones anticipadas. Por el contrario, ha dinamitado lo que parecían sólidos puentes aliados como lo fueron los empresarios y obispos.

Dos semanas atrás, Edén Pastora, el Comandante Cero, reveló frente a medios de comunicación que los obispos estaban haciendo un mal a Nicaragua al proteger a jóvenes manifestantes en algunas de las iglesias del país. Horas después, paramilitares encapuchados ingresaban al templo Divina Misericordia, ubicado en el suroeste de Managua, para intimidar a sacerdotes. En efecto, el Comandante Cero como enviado del dictador para dar a conocer su ruptura con los obispos pero no con el Vaticano.

En el pragmatismo del revolucionario Ortega se asoman rasgos execrables. ¿No era el cardenal Miguel Obando y Bravo “la encarnación del demonio”, como lo definió el propio Ortega? Años después, el mismo “demonio” fue convertido por el hoy dictador en prócer nacional.

La pregunta que los auténticos habitantes de la globalización se hacen es: ¿en dónde está la comunidad internacional? ¿Por qué ha zigzagueado Almagro desde la OEA? Estados Unidos ya tiene en la mira de las sanciones a Chico López, jefe empresarial de Ortega y coordinador del apoyo otorgado por Maduro; Francisco Díaz, jefe de la policía y padre de la esposa de uno de los hijos del dictador; y Fidel Moreno, personaje que ha operado en el sandinismo.

Curioso. La semana pasada en Cuba, la nomenklatura decidió borrar la palabra “comunismo”. En Nicaragua, el Frente Sandinista, como bandera pirata, la ondean Ortega y Rosario Murillo.

@faustopretelin

FaustoPretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.