A partir del triunfo de Vicente Fox en el emblemático año 2000, un sector de la sociedad y del llamado círculo rojo , consideró que por fin la democracia se había logrado en nuestro país. Esta corriente postulaba y postula que hasta antes del proceso electoral del año 2000, prácticamente todos los presidentes, gobernadores, senadores y diputados (locales y federales) y presidentes municipales, a partir de 1917 habían llegado al poder no por el voto efectivo de los electores, sino por la imposición de un sistema que de alguna manera lograba imponer a sus afines en los cargos más importantes del país.

Esta línea de pensamiento se sostenía sobre 70 años de desgaste natural por el ejercicio en el poder y una ola de cambio mundial que modificó formas de gobierno en todo el orbe. Los demócratas sin adjetivos, por llamarlos de alguna manera, creían con una fe evangélica que bastaba la democracia electoral para que todos los problemas de una sociedad se solucionaran de pronto (era por cierto una fe parecida a la de quienes creen ahora que los juicios orales solucionaran el problema de la impartición de justicia en México, por el simple hecho de instituirlos).

Los demócratas sin adjetivos desoyeron las llamadas de alerta de un grupo de destacados politólogos y analistas de algunas universidades de países del primer mundo, que advirtieron que las nuevas democracias enfrentarían graves problemas de crecimiento económico y de seguridad, porque la también llamada democracia liberal era sólo una llave, pero no la solución de los fuertes problemas que enfrentaban los países donde hacia irrupción.

Doce años después del triunfo de Fox, el país parece ser la materialización de quienes advirtieron los riesgos de la democracia. Enfrentamos una recesión económica, una crisis de seguridad como nunca en nuestra historia y una parálisis de un gobierno incapaz de operar el nuevo sistema mexicano y que perderá el próximo 1 de julio su oportunidad histórica de llevar a la nación por el derrotero de paz y prosperidad. La magnitud de su fracaso crecerá con los años cuando para las nuevas generaciones sea difícil de entender como un gobierno se obcecó durante seis años en enfrentar al crimen organizado con una estrategia fallida, por decir lo menos.

Este monumental fracaso ha hecho renacer la nostalgia de una forma de gobierno mesiánica, mediante la cual la sociedad descansa su responsabilidad y su preocupación en la supuesta inspiración de un gobernante que tiene la solución de todos los problemas mágicamente a través de su discurso y que en la plaza pública congrega a su grey, dispuesta a escuchar la voz iluminada del mesías que los vendrá a salvar de su miseria humana de una vez y para siempre.

El mesías es infalible, honesto, probo, puro, inmaculado, conocedor iluminado de la voluntad de la gente, la cual sabe interpretar y traducir. Quienes lo siguen cercanamente son cubiertos por el halo de santidad y sus errores y corruptelas nunca tocaran al líder, pues este está más allá de las debilidades humanas y como tiene la mirada perdida en el paraíso no se percata ni es parte nunca de los errores de su grey.

Sin embargo, por otra parte, un amplio sector de la sociedad desconfiada del sectarismo gobernante y del mesianismo irracional parece reconocer una tercera vía que a pesar de sus múltiples defectos se ha sabido construir desde las cenizas del antiguo régimen y que para sorpresa de tirios y troyanos reconoce que el gobierno de 70 años contaba con un amplio conceso social y con una alta dosis de democracia electora. Tan es así, que fue por la vía democrática por la que entregó el poder.

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