Llegaron los dos acontecimientos que podían alertar la economía y otro sintomático: el Plan de Negocios de Pemex y el resultado del Inegi sobre crecimiento económico para resolver la cuestión irrelevante, a nuestro juicio, de si hemos caído en recesión. Resultando al final que nos salvamos por un crecimiento simbólico de 0.1% en el último trimestre de la tan temida recesión técnica sin desmentir la desaceleración económica del país que viene de hace al menos tres trimestres;  y el primero de ellos extendió la emoción cual prórroga de final apasionada de futbol para conocer el veredicto de la calificación crediticia de México hasta el próximo semestre. Y al final vino uno de los posibles últimos veredictos del Coneval sobre la eficacia de la política social antes de su eventual desaparición, que nos trajo un sabor agridulce de un descenso pírrico de la pobreza en la última década, del 2008 al 2018, en alrededor de 2 millones, bajando el porcentaje un poco abajo de 45% de la población hacia 52 millones de personas. Asimismo, se redujo en forma significativa el número de personas en extrema pobreza, quedando todavía cerca de 15% de nuestra gente en tal situación.

Por otro lado, se redujeron en forma significativa el número de programas sociales, a veces por motivos políticos y se mantuvo el gasto en política social con cierta disminución en los últimos años del sexenio de Peña Nieto a poco menos de 495,000 millones de pesos. Pero el veredicto de los especialistas es el mismo de siempre: permanece el estancamiento. Y no se avizoran nuevos aires: parece que la política de AMLO no va a aumentar las cantidades, pero sí va a modificar tal política en al menos dos aspectos: menor transparencia en el uso de los programas (no sabremos con certeza en qué ni cómo se utiliza o se utilizará el gasto social, y un énfasis en el asistencialismo, necesario en muchas ocasiones, pero no suficiente, si no se traduce en una mayor ampliación de oportunidades, según señalan Amartya Sen y Martha Nussbaum en el libro de esta última, Crear capacidades.

Muchas veces se dice que México se encuentra sobrediagnosticado. No estamos de acuerdo con esta afirmación. Hay excesos de estudios en la misma dirección neoclásica o ahora bizantina y confusa, profusa y difusa antineoliberal, pero nadie no sabe en qué consiste en sentido afirmativo fuera de una demagogia rancia de priismo de los 70. Es necesario hacer nuevos diagnósticos con nuevas variantes: ¿Por qué después de tantas décadas en que hemos ensayado todo tipo de políticas públicas para el combate a la pobreza seguimos igual? ¿Por qué tal parece que nos pasa como a Brasil, que somos el país del futuro y siempre lo seremos? Ni la apuesta por el petróleo, ni el incremento de gasto en infraestructura física —que debería ser sobre todo inversión en capital humano—, ni la creación de instituciones inspiradas en otros países han funcionado. Ahora ya podemos —es cierto— proclamar a los cuatro vientos el fracaso de la implantación del modelo neoclásico en México y el incremento —con supuesto éxito, que estimamos más bien parcial— del modelo de exportaciones a Estados Unidos que fomentó el TLCAN. Pero, y luego ¿qué? ¿Qué capítulo de horror adicional hace falta que sufra nuestra gente? Con Pris, Prians y Primores 4T, con ninguno nos hemos desarrollado. El resultado: el aburrido estancamiento. ¿No hace falta un buen diagnóstico, con variantes nuevas, que como señalan autores como Jacques Rogozinski en sus últimos dos libros, tome en cuenta el factor cultural, olvidado por los institucionalistas?

Ahora además, que se acercan tiempos oscuros para el gasto en ciencia y tecnología y sus evidencias se desprecian, tenemos que comenzar por tener más imaginación en nuestros diagnósticos para luego hacer propuestas más imaginativas. Si no, tanto el desprecio de AMLO por la comentocracia tendría razón, pero también estarían igual de perdidos sus corifeos y sus oportunista-adoradores, nueva nomenclatura, más vacía de contenido que sus “malditos opositores”, como John Ackerman y Fabrizio Mejía de la Madrid.