De poco le valió a Grecia y a otros países de la Unión Europea argumentar temas de soberanía cuando sus propios países vendieron la patria con sus enormes deudas.

Ya atrapados entre la espada de los acreedores y la pared de sus posibles salvadores, no hay más remedio que aceptar que alguien más se encargue de palomear el manejo fiscal de sus propios países.

Hoy Alemania, sobre todo Angela Merkel, ha dejado su sello impreso en la Europa futura. Ha mostrado que hay maneras más eficientes de ganar batallas sin tener que desplegar la fuerza militar.

Europa promete orden fiscal de aquí en adelante y, sobre todo, el viejo continente tiene hoy claramente identificado un líder: Alemania.

Por eso es que los ingleses prefieren mantenerse al margen de la supremacía teutona y optan por mantenerse a raya de un acuerdo en el que ellos y sus aliados básicos de América del Norte no son la voz cantante.

La unión monetaria fue creada bajo un principio de confianza, donde los integrantes se comprometían, dentro de sus marcos de soberanía y autogestión, a respetar los niveles de endeudamiento y equilibrio fiscal necesarios para homologar el manejo monetario.

Y como el rasero era el mismo en términos financieros, el desarrollo más igualitario debería llegar por un sustancial aumento en la productividad, para que llegara el día en que españoles, griegos o alemanes tuvieran la misma capacidad productiva.

A cambio, los países más desarrollados contribuirían a generar la infraestructura necesaria para que tuvieran esa base de crecimiento parejo.

Ésa era la letra del acuerdo monetario. La realidad es que los menos desarrollados no pudieron aguantar el paso de los países ricos. Y, en ese afán de no abrir una brecha que acabara por marginarlos del sueño prometido de la Europa rica y desarrollada, echaron mano de los anabólicos y esteroides de la deuda y el déficit fiscal.

Al tiempo que el mundo aplaudía su capacidad de crecimiento y desarrollo, en los sótanos de las finanzas griegas, italianas, irlandesas, portuguesas o españolas se acumulaban los gases explosivos de la indisciplina fiscal.

Hay que acordarnos cómo México mantuvo sus sueños populistas de las décadas de los 70 y 80 con enormes cantidades de deuda que terminaron por hacer crisis hace unos 25 años.

Ahora, no es lo mismo lograr un acuerdo así al momento de fundar una unidad monetaria que hacerlo para corregir los errores acumulados. Así que para que esta disciplina supranacional pueda funcionar en el futuro, el primer paso es limpiar el tiradero que hay en estas economías.

Y eso, a juzgar por el tamaño del desastre, va a ser difícil y va a costar mucho trabajo. Así que Grecia podrá aceptar que alguien lo lleve de la mano, siempre y cuando tenga todavía un país que ofrecer para esa conducción.

Lo acordado en la primera cumbre de alto nivel de los dirigentes europeos necesita el visto bueno de cada uno de los mecanismos de gobierno de los países involucrados. Pero aquí entra el pragmatismo alemán: aquella nación que quiera tener acceso a los recursos del reforzado fondo europeo de contingencias deberá regresar con su aprobación bajo el brazo.

No hay duda de que entre los más enojados por este nuevo recetario alemán están los griegos, que se han quejado hasta el cansancio de este control de facto desde Berlín. Pero los griegos tienen libre el camino de los ingleses de la República Checa, que también se quedó fuera del acuerdo.

Pero si Grecia opta por defender su soberanía a toda costa, tendrá que enfrentar sola su decisión de haber vendido su futuro a todos esos banqueros que hoy se forman en la ventanilla de pagos exigiendo cobrar todo lo que se les debe.

Si logra consolidarse este plan que ahora surge con el sello de la canciller Angela Merkel, veremos otra cara de Europa al paso no más de una década. Pero si falla este acuerdo y naciones como Grecia o Italia son incapaces de hacer frente a sus compromisos, también veremos otra cara europea en esa misma década. Sólo que esta cara será una totalmente diferente, será una de crisis profunda y de muy larga duración.