Si el Banco de México (Banxico) fuera un negocio, sería uno muy bueno. No sólo por el valor de mercado que tiene la marca sino porque durante al menos los tres últimos años ha comprado dólares a un precio inferior del que después los coloca en el mercado.

Pero como justamente no es un negocio, esta no utilidad se convierte en un remante de operación que tiene que, obligatoriamente, entregar a la Secretaría de Hacienda y lo tiene que hacer el abril de cada año.

En los dos años anteriores el traspaso ha sido importante, sobre todo el año pasado cuando transfirió casi 380,000 millones de pesos correspondientes al ejercicio 2015.

Las estimaciones para el ejercicio del año pasado podrían alcanzar el monto traspasado en abril del 2016.

A reserva de conocer la cifra definitiva, lo cierto es que desde la Secretaría de Hacienda ya esperan una cantidad importante y como aquel del chiste que hace los borregos pandos, ya se los están gastando.

Hay cuestionamientos con respecto a cómo se traspasan esos recursos del banco central a las arcas públicas. Hay quien lo ve como un pretexto para encender la máquina que fabrica billetes y, por lo tanto, agrega un componente inflacionario. Lo ven como un financiamiento del banco central al gobierno federal, vestido con el lindo e impecable uniforme del remanente de operación de una institución sin fines de lucro.

Como sea, y está en la ley, esos recursos tienen que irse a razón de 7 de cada 10 pesos al pago de la deuda pública. Esa que hoy está en la mira de los analistas financieros y en la cubeta de pretextos que rellenan las firmas calificadoras en su camino hacia la degradación crediticia.

Esa misma deuda que de seguir creciendo a los ritmos que traía hasta hace no mucho tiempo, pasará a ser tema de debate de la opinión pública.

El actual secretario de Hacienda, José Antonio Meade, se ha vendido muy bien como un financiero que busca regresar la economía mexicana a los terrenos de la estabilidad. Esa buena fama le ha ganado tiempo al país para convencer a los mercados que efectivamente queremos retomar el mote de finanzas públicas sanas.

Si el ejercicio del gasto y los resultados de los ingresos se comportan de acuerdo con lo pronosticado, deberíamos estar en el camino de un superávit primario. Eso, por sí solo, marca una diferencia con respecto a la política de gastar a manos llenas aunque no haya crecimiento.

Si a esto le sumamos esos recursos que está por traspasar el banco central y su destino conocido, deben al menos ganar más tiempo para evaluar las finanzas mexicanas.

Además, la coyuntura actual de despresurización del tipo de cambio, de moderación del discurso de la Casa Blanca, la propia actuación monetaria del Banxico, compran ese tiempo, ante la ausencia de un crecimiento al menos similar al de los años anteriores.

Si se mantiene la recuperación de la moneda este año, al menos para lograr una estabilidad en torno a los 18.50 o 19 pesos por dólar, ya estaremos hablando del traspaso de recursos de Hacienda al banco central, pero eso ya será el próximo año.