El primer interesado en que se detuviera a los saboteadores de las instalaciones eléctricas de la ciudad debería ser el propio Gobierno del Distrito Federal. Pero no, les gana la vena dogmática y si en la mira de las investigaciones se pone a lo que queda del SME, fiel a Martín Esparza, prefieren echarle la culpa al viento y los árboles caídos.

La Comisión Federal de Electricidad tiene evidencias de sabotaje. Tiene pruebas de que alguien ha cortado cables, arrojado líquidos inflamables, provocado cortos circuitos intencionales para interrumpir el servicio.

La CFE tiene que enfrentarse a la realidad de un sistema eléctrico muy deteriorado, viejo, en el centro del país, que durante muchas décadas no recibió el mantenimiento adecuado. Y, al mismo, tiempo tiene que descubrir quiénes son esos interesados en afectar la infraestructura de la ciudad.

La policía de la ciudad, que opera el multimillonario sistema de cámaras, que nos ha costado a todos los ciudadanos, no ha visto nada. Si le quitaran el filtro político a las cámaras, podrían ayudar a describir quién está atentando en contra de la misma gobernabilidad de la ciudad de México.

Los datos disponibles en CFE hablan de al menos 400 sabotajes a las instalaciones eléctricas en los dos últimos años. O sea, fallas de las que no hay duda que son producto de la acción intencional.

La autoridad federal con la coordinación de los expertos de CFE tienen ya en marcha un programa de vigilancia para prevenir los sabotajes.

Desde la extinción de Luz y Fuerza, la consigna para los opositores ha sido demostrar que la empresa federal no tiene la capacidad para operar las instalaciones de la zona centro.

Durante los primeros meses de este conflicto, se pudieron documentar actos de sabotaje, que por un tiempo bajaron en intensidad.

Pero ahora, hay esa terrible coincidencia de una huelga de hambre y los sabotajes. Son, hasta ahora, simples hechos de la casualidad.

Pero, sin duda, la mejor forma de detener la comisión de estos delitos es a través de dar con los responsables. Mientras se tenga esa enorme permisividad con la comisión de delitos, los actos continuarán.

Y no hay efectivamente, como dicen los fieles a Martín Esparza, ninguna acusación formal en contra de los extrabajadores de Luz y Fuerza, que se mantienen en una actitud de confrontación.

Pero lo que sí tiene que existir por parte de las autoridades locales y federales, es la certeza de que su obligación es cuidar la integridad de las instalaciones y sobre todo de las personas en esta zona centro del país.

Hasta ahora los daños son materiales, pero en cualquiera de estos atentados se les puede pasar la mano y cobrar la vida de alguien.

Así que más allá de las causas partidistas, de las filias con los grupos de manifestantes, las autoridades tienen un trabajo que hacer.

La primera piedra

Hace unos días, la OCDE, que está a cargo del mexicano José Ángel Gurría, daba a conocer una tabla comparativa de los índices de desempleo entre sus integrantes.

Era nota ver la elevada cifra de parados en España, pero resultaba un tanto increíble ver cómo México mostraba una de las tasas de desempleo más bajas de esa agrupación de economías.

Sobre todo, porque México fue uno de los países que peor caída en su PIB tuvo durante la recesión del 2009.

Y es que ver a España con una tasa de desocupación de 19.1% o a Francia con 10.1% y después ver a nuestro país con un envidiable 4.9% a la par de Austria, suena increíble.

Y el problema no está en alguna trampa o mentira en la cifra, sino en lo que realmente miden estos indicadores.

En naciones donde se respetan las leyes, los niveles de ocupación informal son muy bajos, por lo tanto no absorben la demanda formal de trabajo.

Pero México tiene una enorme cifra de personal subocupado y empleado en canales informales que alteran las mediciones.

Y entonces, para acabar pronto y no seguir con el sueño comparativo con el primer mundo.

En México, al menos 28.6% de la Población Económicamente Activa vive de la informalidad. Son casi 13 millones de mexicanos con chamba, sí, pero sin seguridad social, prestaciones, aguinaldos. Vamos, que sobreviven pero que cuentan como empleados .