El diagnóstico de Guillermo Ortiz respecto del tamaño de la crisis es didáctico y acertado. Es tamaño mamut, dijo el exgobernador del Banco de México y actual Presidente de Banorte-Ixe.

La pregunta lógica es cómo lidiar con un problema de semejante tamaño, pero la duda razonable es ¿cómo el planeta no se dio cuenta de que venía una bestia de tal tamaño a descomponer las finanzas mundiales y cómo no se hizo nada?

Porque Grecia y sus problemas de deuda, España y sus desequilibrios fiscales, Estados Unidos, Portugal, Italia, en fin, todos estos países han dado muestras claras del tamaño de sus dificultades desde hace tiempo.

La reunión de este fin de semana en la ciudad de México de los ministros de Finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G-20 permitió dejar en claro que ese mamut existe y que amenaza con generar muchos más destrozos si no se le controla.

Europa, muy especialmente Alemania, quisiera ver que en encuentros como éste el mundo entero se coordina para sacar la billetera y aportar muchos miles de millones de dólares para respaldar a las economías de ese continente, que ahora enfrenta la amenaza de la quiebra.

Con Grecia al borde del precipicio, a pesar del nuevo rescate por 130,000 millones de euros, es muy difícil pedir al mundo que, vía el Fondo Monetario Internacional (FMI), aporte más dinero para apoyar planes de asistencia financiera que no parecen muy efectivos.

Ahora, es un hecho que la aplicación de este plan de rescate, que evita que por ahora el país helénico se declare incapaz de pagar, sí evitó una catástrofe mundial.

El 20 de marzo próximo Atenas tendrá dinero para pagar lo que debe, aunque sólo recuperen una parte sus acreedores, pero esto será la diferencia entre una crisis mayúscula en Europa y en todos los mercados financieros y el tener tiempo para recomponer las cosas.

La duda, muy razonable, que muestran los países no europeos es que no se trata simplemente de una cuestión de dinero. Hay dudas sobre la efectividad de las medidas tomadas hasta ahora para recomponer las cosas. No para atender la emergencia de falta de solvencia, sino para sentar las bases de una solución.

Ni los países emergentes ni las economías desarrolladas están dispuestos a aportar más recursos hasta que Europa no muestre un verdadero compromiso con su propio futuro.

Y Alemania es el único país que tiene, más que los recursos, el liderazgo para conducir una recomposición financiera y económica de toda la región.

Es paradójico que el mundo le esté exigiendo a ese país europeo que tome el control del Europa, para que en la refundación del sistema financiero de la zona euro se encuentre una fortaleza futura.

Es prácticamente un hecho que los europeos no conseguirán meter la mano en la cartera mundial, a través del FMI, si no hay una recomposición interna antes.

Alemania dice que ya hicieron la tarea con los 130,000 millones de dólares, pero la realidad es que el problema va más allá de conseguir dinero, hay que hacer ahora cambios importantes en las reglas de funcionamiento de su unidad monetaria.

Decía mi abuela que no se le debe meter dinero bueno al malo y capitalizar Europa por parte del mundo vía el Fondo Monetario Internacional no es una buena idea.

Además de que se abre otra coyuntura importante para los países que ahora quieren mostrar mayor liderazgo político.

De entrada, si hay expertos en eso de resurgir de las cenizas de una crisis financiera, ésos son las naciones emergentes. México, Brasil, toda América Latina, bien pueden dar lecciones a las naciones desarrolladas sobre cómo hacer las cosas.

El Fondo Monetario Internacional tiene claro que no se puede buscar una solución sólida de los problemas financieros de los países desarrollados sin otorgar a cambio un mayor poder de decisión a las naciones emergentes.

Total que la reunión de este fin de semana en México fue muy útil para dejar claras las posiciones de las diferentes regiones del mundo en torno de la crisis actual.

Europa se va de la ciudad de México con las manos vacías, pero con la promesa de recibir ayuda cuando cumplan primero con aquella máxima de ayúdate, que yo te ayudaré.

Antes de eso, nada.

ecampos@eleconomista.com.mx