Existen diferencias culturales en la admisión de niños en los espacios para alimentarse, como restaurantes y cafés. Pasar por un bar en algún lugar de Estados Unidos y ver niños sentados en la barra de tragos acompañados de sus padres; ir a un restaurante con área especial de niños donde juegan mientras los adultos departen en otra mesa; asumir que una reservación para un restaurante se hace sólo por el número de adultos y no por el número de menores, todas éstas son especificidades culturales.

La presencia de niños en el espacio público para comer en México, específicamente en restaurantes y bares, es más amigable de lo que pudiera parecer. En países europeos, por ejemplo, es casi inconcebible imaginar los espacios dedicados a los niños en los que se les dan actividades lúdicas mientras sus padres comen. Incluso, la presencia de infantes en la mesa de los padres es un factor aún más difundido en la cultura mexicana. Lo podemos notar en la infraestructura del espacio con la presencia de sillas altas, manteles de papel para que los niños se entretengan dibujando, hasta la existencia de opciones en el llamado menú infantil.

Estos elementos trasladados a otras culturas serían incomprensibles. Por ejemplo, en Francia es casi nula la presencia de niños pequeños en restaurantes, con algunas excepciones, como las cadenas de comida rápida o franquicias de cadenas. Los niños acuden al restaurante cuando ya fueron socializados en casa a “comportarse” como adultos, es decir, cuando han alcanzado un suficiente manejo de sí mismos como para aguantar sentados en la mesa y seguir el protocolo. Mientras esto sucede, es casi nula su presencia en restaurantes de alta cocina.

En Estados Unidos, por el contrario, la tendencia se hace más mixta. Incluso ha levantado polémica el hecho de que algunos bares permiten la entrada a niños para sentarse en la barra, siempre y cuando no se les sirvan bebidas alcohólicas. Para algunos padres, esto representa una buena alternativa para poder salir, y para otros es una socialización a la normalización del alcohol por parte de los niños. La presencia de niños en los bares hasta hoy se observa incidentalmente, por ejemplo, en bares que pertenecen a hoteles en el caso de familias de turistas o en complejos que esencialmente están dedicados a los niños —balnearios, parques de diversiones—, pero que ofrecen alcohol para los mayores.

En México, la presencia de los niños en la mesa, mientras no invada el espacio de mesas aledañas, es incluso hasta celebrada. La existencia de las sillas altas permite a los niños socializarse desde pequeños a las comidas en el espacio público, sin sentir una exclusión de por medio. Compartir la mesa en estas circunstancias también es formativo. La existencia de menús de niños, a excepción de la cuestión de porciones más pequeñas, no representa en sí un beneficio para el desarrollo de un paladar con gustos variados. Representa, por otro lado, que existen repertorios de comida considerados como “infantiles” o, dicho de otra manera, la comida “fácil”, que no representará una negociación de los padres con los niños con tal de que la coman. Estos pequeños detalles dan cuenta de cómo cuestiones que nos parecen tan “normales” culturalmente están muy diferenciadas, además de que hablan de la manera en la que se educa, se concibe y se conceptualiza al niño como participante de una sociedad.

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