La frase que titula esta colaboración, paráfrasis de la de Winston Churchill pronunciada en su célebre discurso de la Cámara de los Comunes en 1940, resume lo acontecido el pasado 11 de junio.

Desde que empezó el enfrentamiento entre el equipo gubernamental y el dream team de la delincuencia organizada, la del viernes pasado ha sido la jornada históricamente más sangrienta con 85 ejecutados registrados en el marcador.

El mismo día en Johannesburgo, capital económica de Sudáfrica, se inauguraba el esperado Mundial de Futbol con el encuentro entre el representativo local y la Selección Mexicana. La declaratoria inaugural de la justa mundialista la hizo el jefe máximo de la FIFA, Joseph Blatter, quien acaparó los reflectores y la atención mundial, a su lado Jacob Zuma y Felipe Calderón, presidentes de los dos países contendientes, se vieron como sus subalternos o auxiliares -sólo les permitió saludar a los jugadores-.

De manera paralela en esa fecha, los medios de comunicación reseñaron el sepelio de Sergio Adrián Hernández Guereca, asesinado cuando se encontraba en territorio mexicano -al parecer de tres balazos- por un agente de la patrulla fronteriza estadounidense que disparó desde el límite de la frontera, cuya identidad se desconoce. A través de la televisión pudimos apreciar las desgarradoras escenas de dolor de los familiares de Sergio Adrián, quienes con rabia y llanto contagiosos exigieron justicia por la artera y alevosa muerte del menor.

El sindicato de la patrulla fronteriza del país vecino alega en defensa del agente asesino que Sergio Adrián y un grupo de mozalbetes mexicanos se internaron en El Paso, Texas, donde atacaron a los patrulleros con rocas -así de fuertes son los jóvenes mexicanos, no lanzan piedras, sino rocas- a los que no les quedó más remedio que defenderse a balazos. También justifican la agresión con el argumento que Hernández Guereca era uno de los 10 contrabandistas -no especificaron la mercancía que contrabandeaba- más buscados por esa institución en El Paso, Texas. De ser cierta la versión gringa de los hechos, estamos ante el segundo ataque de mexicanos a Estados Unidos -el primero fue el de Pancho Villa a Columbus- y dos, un niño de 14 años traía en jaque a una corporación que cuenta con todos los recursos para evitar el tráfico de mercancías prohibidas por su región. Otra explicación como ésta y van a poder prescindir de las armas para exterminar mexicanos, nos van a matar de risa.

Tanto trueno para tan poca lluvia

Este encabezado es la versión light o fresa de un dicho popular mexicano, que por su carácter escatológico no puedo transcribir aquí. Con él quiero referirme a las argumentaciones y pretextos que justificaron la asistencia del presidente Calderón a la ­inauguración del Mundial de Futbol.

Primero hubo una encuesta, organizada por la Oficina de la Presidencia, cuyas preguntas fueron formuladas de manera tal, que claramente inducían a una respuesta afirmativa. Sólo participaron 2,516 personas y el porcentaje de aprobación para que el Mandatario acudiera a Sudáfrica fue de 63 por ciento.

Por si no hubiese sido suficiente, la encuesta en la que ganó el sí , los asesores presidenciales disfrazaron la excursión futbolera como una visita de Estado y de intercambio diplomático entre dos países amigos. Zuma y Calderón tuvieron una reunión más breve que los 45 minutos que duró el primer tiempo del partido inaugural, durante la cual el mexicano estuvo cuidándose de que el ejemplar sudafricano no le embistiera a su corbata roja.

Pero por si no bastara la encuesta y el pretexto de la visita de Estado, de última hora el gobierno mexicano acordó aprovechar el viaje del Ejecutivo -la cuestión era hacer un acopio de coartadas con la intención de que don Felipe dijera que iba a chambear- para condecorar con la Orden del Águila Azteca a Nelson Mandela, merecidísima distinción por sus esfuerzos en favor de la paz y la democracia. La Cancillería supuso fácil hacer la entrega del reconocimiento en el mismo estadio momentos antes de la apertura de la justa mundialista. Ésta se frustró debido a que el también Nobel de la Paz canceló sus actividades por el fallecimiento de una de sus nietas.

Es obvio que desde que se supo que a la Selección Mexicana le tocó en suerte ­inaugurar el Mundial frente al equipo local, las intenciones, muy válidas y justas, del presidente Calderón fueron las de asistir a la apertura del torneo.

Todos sabemos de sus aficiones balompédicas y nadie le puede impedir ejercerlas aquí o en el extranjero. Lo que a mí me pareció una simulación innecesaria fue encubrirlas con una medición de opinión falsa, una visita de Estado sacada de la manga y una condecoración -reitero que merecida en grado sumo- pero oportunista.

De haber tenido ocasión de emitir mi opinión en el escrutinio previo que hizo la Oficina Presidencial -cuando quise votar la encuesta ya estaba cerrada-, un servidor hubiera votado por la no asistencia del Ejecutivo al partido de inauguración entre la Selección Mexicana y su homóloga sudafricana, pero no por parecerme que al asistir el Presidente descuidara su trabajo. No. Mi respuesta de intención negativa sería consecuencia de la percepción que tengo de que el Ejecutivo está salado y tiene mal fario. De no existir esta esotérica circunstancia a Sudáfrica, Selección semiprofesional de exjugadores de rugby, se le gana fácil. Me imagino que Calderón Hinojosa estuvo concentrado intensamente en el partido todo el primer tiempo, de ahí que los jugadores mexicanos fallaran frente al marco contrario una y otra vez.

Al empezar el segundo periodo, el Jefe del Ejecutivo se ensimismó, aún más, en el desarrollo del cotejo y en su deseo de que México ganara, la respuesta no se hizo esperar, al minuto 55 cayó el gol sudafricano. Afortunadamente para nuestra causa, en el minuto 79 el Presidente se distrajo, tal vez se acordó de los problemas que dejó en el país, lo que aprovechó Rafa Márquez para marcar la igualada. Otra distracción presidencial, a lo mejor en ese momento fue informado de la matanza ocurrida en Chihuahua, provocó que el tiro de Mphela, con El Conejo Pérez ya vencido, pegara en el poste.

Cuando el gato no está los ratones hacen fiesta

Mientras tanto, en el estadio bélico nacional continuó el sangriento encuentro entre los Bafana bafana del crimen organizado y el desorganizado equipo de los Ratones Verdes -llamado así porque es un combinado de policías y soldados-, quienes ya no sienten lo duro sino lo tupido en la confrontación que amenaza con irse a sexenios extras cuando ya debería de haber terminado en penales.

Al tiempo que en los estadios sudafricanos ruedan las esféricas, las pelotas; en las canchas mexicanas ruedan otra clase de esféricas: las cabezas que tiñen de sangre el campo de una batalla en la que el fair play está ausente, las entradas con los AK47 por delante son constantes y los errores estratégicos aunados a las traiciones internas han mermado la eficacia del equipo que dirige Felippi Capelorón y los espectadores -sociedad civil- han sufrido dolorosas bajas denominadas daños colaterales.

Oí por ahí

En el partido del pasado sábado entre la Selección de Estados Unidos contra el seleccionado de Inglaterra, los gringos salieron con una camiseta azul con franja blanca. Este detalle originó que un cronista de la televisión dijera que nuestros vecinos se habían puesto la del Puebla . Cuando cayó el gol estadounidense, regalo de Green, el portero inglés, las malas lenguas confirmaron que efectivamente los estadounidenses se pusieron la del Puebla porque se mocharon con Green. ¿Usted cree?