En un hermoso bosque, escuchaba a una amiga hablar por teléfono con su mamá, al colgar hizo una expresión facial -creo que de frustración, decepción y enojo- un shot de cortisol, que sólo se aminoró gracias a que acto seguido dijo de verdad, es agotador hablar con ella; todo es una queja , a lo que contesté -literal- como Alberto Vázquez le dijo a Joan Sebastián: amiga ven, te invito una copa . (aunque era de plástico y con gomitas agridulces de nuestros hijos). Pero con copa en mano, filosofamos ampliamente respecto de la profundidad de la tragedia mental, que podemos escenificar, cuando el cerebro reptiliano, protagoniza la tragedia mental, reaccionando aceleradamente y lanzando llamaradas de fuego ardiente en forma de palabras que forman frases agresivas, violentas, culpabilizadoras, victimizadoras y dañinas. En efecto, piénsalo quien se queja, se lleva la peor parte, porque en esa tragedia mental el quejoso queda indefenso, incapaz de resolver o tomar decisiones y sobre todo incapaz de ejercer su poder de elección; elección de diversas formas de interpretar, responder o accionar frente a los sucesos cotidianos de la vida y a lo que las personas dicen o hacen y que nos afecta o cuando menos, eso creemos. Es como si te despojaras de tu poder humano y te dejaras arrastrar por el acusado, causante de tus desgracias, lamentos y frustraciones como si fuera un legendario gladiador en el Coliseo Romano.

Por suerte divina, tenemos tres cerebros más, que pueden ponerse en marcha si descubres detrás de la llamarada de las ardientes quejas, qué es lo que estas pidiendo. En efecto, como dice mi Master Coach, Bettie Spruill detrás de cada queja, siempre hay una petición ; el misterio es precisamente definir qué es eso que requieres de la otra persona y traerlo a tu escenario mental en forma de petición . La palabra petición, proviene del latín petitionis , formada por el verbo petere , esto es, pretender alcanzar un objetivo, por lo que se pide y el sufijo tionis , que indica acción . O sea, pretender generar la acción del otro. La imagino perfecto, como una encantadora de serpientes, hechizando a la queja y por supuesto al acusado, con su sensual forma de presentarse: Hola, oye te pido por favor .. y ¡rájale!.....(con la expresión de esas tres palabras) de inmediato se siente la relajación corporal provocada por la oxitocina y la sensación de libertad por la posibilidad de expresar las necesidades o deseos.

Pero antes de lanzarte a la alfombra roja, considera si tu acusado está en la condición física, mental, emocional y situacional para satisfacer tu petición. Es en serio, no hay que pedirle peras al olmo y esta recomendación, aplica desde el ámbito familiar hasta el profesional. De verdad, que hay cosas que por más que la persona a quien le pides algo, esté intencionado en realizar para satisfacer tu requerimiento, no tiene la capacidad de hacerlo y resulta más productivo localizar en tu radar mental a alguien más, para la heroica labor y dejar por la paz a ese pobre incauto. Ahora que si ya tienes frente a ti a la persona que puede satisfacer tu petición o eso crees, en ese momento responde mentalmente las siguientes preguntas y luego lánzate a la formulación de tu petición:

¿Qué? (lo que requieres que diga o haga la otra persona);

¿cómo?... (de qué manera o bajo qué circunstancias);

¿cuándo?... (en qué momento, día, hora, etc );

¿para cuándo?...(si es hay un límite de tiempo para su realización);

¿dónde?...;

¿para qué?........... (si consideras necesario justificar el propósito e importancia de lo que pides). Seguramente a algunos contemporáneos de los cuarentas para arriba, no les será necesario que justifiques tu petición, pero hay varias generaciones de chavos, con cierta tendencia a conocer bien la razón o fundamento, para cooperar con los demás.

Así pues, entre más específica y clara sea la petición, más libre te sentirás y más oportunidad le darás a tu acusado para determinar si se puede comprometer o no, a satisfacerla o bien, renegociar contigo. No vaya a ser que si no eres claro, te suceda como a un primo mío que se fue a vivir de la CDMX a Cancún y desesperado en su soledad, rezaba: Diosito por favor, mándame compañía Un mes después, le regalaron un perro, a lo que muy molesto volvió a rezar ¡Ay, Diosito, en serio, ya ni la muelas! mándame una mujer de esas buenas buenas, que sepa cocinar y lavar bien y que me consienta pues . A los pocos días por causas médicas, recibió a nuestra abuela veracruzana, experta en cocinar suculentos tamales, bocoles y toda clase de antojitos veracruzanos. Finalmente, la oración fue formulada con santo y seña: Diosito te pido por favor, que me mandes una mujer joven, esbelta, guapa, etc Al parecer la mujer no ha llegado, pero por lo menos no ha tenido ninguna otra sorpresa por andar pidiendo de forma ambigua y poco concreta.

Ahora bien, tampoco hay que abusar. Acto seguido de pedir, abre tu mente y espera la respuesta. Posiblemente a la clásica mexicana, escuches uy, eso no se va a poder o no, pues está muy difícil . Típico, que te repiten el problema dos o tres veces, hasta que le dices al acusado: el problema lo tengo claro, lo que te pido es una solución, una forma de salir de esta situación, ya que tú eres el especialista, tú sabes más que yo ; hay que detener la resistencia, con una de esas frases que reconocen el talento del acusado y de ahí -con el aguijón de las preguntas poderosas- comenzar a explorar las posibilidades. Por ejemplo preguntar, algo así como: ¿de qué otra manera sí podrías hacerlo? De una u otra manera, pero ¡de que se puede, se puede! así que por favor, aléjate de las quejas calurosas y trae a tus espacios conversacionales la airosa e influyente petición.

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* Vanesa Sánchez Jarero es entrenadora y Coach Profesional